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sábado, 4 de mayo de 2013

EL YO NO PUEDO

EL SIMBOLISMO DE LA CRUZ
La cruz, a decir verdad, no es invención de la religión cristiana ni de su vertiente, la católica sino que, antes de esta, ya se encontraba en otras muchas culturas pre-cristianas, entre ellas la celta y la egipcia. Sus significados son varios, pero entre ellos cabe destacar que significa vida y unión de lo masculino y femenino. Resulta interesante que Odín, el Cristo nórdico se crucifique en sacrificio a sí mismo a un árbol durante nueve noches, atravesado por un espada. También resulta bien significativo que la cruz egipcia Ank sea considerada como el árbol de la vida y que, en efecto, lleve un óvalo en la parte superior. En últimas, los simbolismos del árbol y de la cruz se hallan estrechamente ligados. Pareciera todo ello remitirnos al origen de la vida o a su causa generatriz. Tanto en el árbol como en la cruz ank se puede observar un círculo o un óvalo, mismos que nos remite al círculo o útero gestante de la vida y que, evidentemente, también se observa en la cruz celta. De hecho, el mismo árbol, dibujado en su forma más elemental, esto es, como un círculo u óvalo y un palo también vienen a representarnos la causa de la vida y a las dos fuerzas creadoras en el cosmos. Claro, otra cosa es la compenetración de esas dos fuerzas, el cruce de esas dos fuerzas que, en última síntesis, vienen a formar la cruz. De hecho, el símbolo más arcaico para representar a la fuerza creadora masculina ha sido un palo vertical (|), pero, si esto es así, si este palo vertical representa la fuerza creadora masculina, ¿Cuál sería el símbolo equivalente que podríamos utilizar para representar la fuerza creadora femenina? El círculo o el triángulo con la punta hacia abajo podrían funcionar, pero no es su equivalente, que al tiempo funcione como su antítesis. El opuesto a este símbolo (|) no puede ser otro que la representación de un madero horizontal (–), que viene a representar a la fuerza creadora femenina. Lo masculino ha sido asociado a lo positivo y lo femenino a lo negativo; sin embargo, es de aclarar que esto se debe entender exclusivamente en el ámbito de dos fuerzas contrarias que se necesitan y complementan y que son ambas creadoras, y no en sentidos ajenos que menoscaben el valor de la fuerza creadora femenina . Sea como fuere, tanto madero vertical como horizontal, de manera independiente, representan bastante bien a las dos fuerzas creadoras de la naturaleza. Pero también es cierto que ellas, por sí solas no pueden crear, se necesita que se unan, que haya cruce, que se penetren mutuamente superponiéndose. Es evidente que esta unión, que este cruce, que esta penetración mutua en que se superponen ambos palos, o maderos, forma cruz. Ahora entenderán por qué la cruz es un símbolo de vida. Ahora entenderán por qué la cruz es donde muere el hombre viejo para que emerja a la vida el hombre auténtico, el hombre resurrecto. Siendo el cruce de estos dos maderos lo que propicia el nacimiento, ahora entenderán cual es el madero que es preciso cargar para lograr el segundo nacimiento. Si bien es cierto que la cruz, en su aspecto externo, revestía un significado poco ortodoxo, que era poco apreciada, que se veía como instrumento de castigo, Jesús, colgándose a ella, la convierte en otro tipo de símbolo y hasta la sacraliza. Si bien es cierto que esa cruz, en su aspecto simbólico, era poco apreciada, y que la mujer era poco apreciada, Jesús la reivindica, la defiende y la ama, y la pone delante del hombre como un requisito sin el cual no puede seguírsele. Los que interpretan al pie de la letra un libro simbólico se equivocan, y ese ha sido el error de la mayoría. Jesús el Cristo no sólo nos enseña durante su vida, sino que aun colgado en un madero, a punto de morir, nos sigue enseñando. Jesús el Cristo es algo que todavía el mundo no ha comprendido.
Mt 10,37: El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 38: y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.
Mc 10,17: Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
18: Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios.
19: Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.
20: Él entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud.
21: Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.
21: Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.
Lc 9,23: Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
(V.a. Mt 16,24; Mc 8,34).
Algunos afirman que, cuando Jesús cita aquello de tomar la cruz, se refiere a las preocupaciones diarias de la vida, a sus circunstancias difíciles, a sus problemas y al hecho de soportar todo esto con abnegación; sin embargo, la verdad es que todas las personas del mundo tienen problemas y circunstancias nada fáciles de acuerdo al ambiente en que se desenvuelvan y de acuerdo a su estado de conciencia, y todas, o casi todas, tratan de sortear esas circunstancias lo mejor posible. De modo que, de ser así, todas, o casi todas las personas estarían al borde de alcanzar la suprema iniciación, aspecto con el que disertamos. Jesús dice de vender lo que se tiene y enseña que el que no deja padre y madre por él no es digno de él. Y si consideramos que eso es lo que realmente hace tortuosas nuestras vidas, no se puede menos llegar a la conclusión que todo eso no es la cruz, que la cruz es otra cosa. Otros argumentan que se trata de morir a nuestra voluntad para hacer la voluntad de Dios y soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias. Sin embargo, desconocen aquellos que antes de cargar la cruz debe negarse a sí mismo. Este negarse a sí mismo consiste en ya no hacer mi voluntad sino la voluntad del Padre que está en secreto; este negarse a sí mismo consiste en abandonar mis apegos, mis falsos sentimientos, mis ambiciones, mis reacciones y hasta mis propios pensamientos. Tal es el significado y lo que se exige con tal afirmación. Todo ello es lo que forma también esa carga pesada en nuestras vidas; mis apegos, mis iras, mis fornicaciones, mis ambiciones, etc., constituyen eso que amarga nuestras vidas. Y es preciso abandonar eso y negarse a sí mismo. 
Cuando yo niego mis borracheras dejo de arruinar a mi organismo, dejo de hacer el ridículo, dejo de hacer shows en el barrio, dejo de hablar palabras obscenas, dejo de lastimar a mi esposa, a mis hijos, dejo de zaherirlos con palabras fuera de sitio, dejo de quitarles el dinero del pan para botarlo en licores que me dejan dolores de cabeza, dejo de dar mal ejemplo y de arrastrar conmigo a los que juzgo mis amigos para que ellos tengan también la misma desgracia de amanecer desarrapados en calles o cantinas.


Si esta es la cruz a que se refieren ciertos elementos, lo mejor es recortarle un brazo a esa cruz y hasta arrojarla toda, no tomarla nunca.
Así las cosas, es estulto pensar que la cruz son los eventos difíciles de nuestra vida porque todas las personas tienen eventos y circunstancias dolorosas en la vida y todas las personas ponen todo lo que tienen de paciencia y tratan de sortear esas circunstancias lo mejor posible. Esto todo el mundo lo hace todos los días y no por ello han llegado a la suprema iniciación. Es evidente que Jesús pide algo más allá de eso y lo establece como condición a todo aquel que quiera ser su discípulo ¿alcanza a comprender el sentido de esto? La misma biblia nos dice que al vulgo le hablaba en parábolas, mientras que a sus discípulos les revelaba los misterios. No es suficiente con cumplir a cabalidad todos los mandamientos de la ley de Dios y esto, de por sí, ya es para quedar atónito; es decir, no se trata de tener una conducta irreprensible ni de una gran espiritualidad, sino de un mecanismo adicional en que se debe tomar la cruz. Y esto lo sabemos porque la persona que viene corriendo y se inca ante Jesús para interrogarle ha cumplido con todo ello desde su juventud. Y, sin embargo, si quiere convertirse en un seguidor auténtico del Cristo es necesario que haga algo más: que lo deje todo, que se niegue a sí mismo, que cargue su cruz y que, sólo entonces, lo siga. Pero entonces, si la cruz no son las circunstancias difíciles de la vida ni la actitud de paciencia hacia ellas, entonces ¿qué es?
Lc 14,26: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
27: Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
Increíblemente en este pasaje se incluye a la mujer como una de las personas a aborrecer, pero ¿es lógico que yo deba aborrecer a esa persona que amo? ¿A esa mujer por la que el primer hombre quedó deslumbrado y a tal punto que la reconoció como la otra parte de sí y a la que debería unirse? Allá los intonsos literalistas si la rechazan, si la aborrecen y se enclaustran en una piedra. En lo que a nosotros concierne, vemos cómo Jesús hace una acérrima defensa acerca del matrimonio y enseña que sólo por la dureza del corazón Moisés permitió que los hombres las repudiaran. Parece referirse aquí a una cuestión más de apego. Cuando no se puede reconocer que la felicidad está más allá de mis padres, de mis hijos e, inclusive, de mi propia esposa, no sólo se sufre, sino que se está en riesgo de abandonar al Cristo por una persona, por algo efímero. En otras palabras, seguir al Cristo es la renuncia absoluta de todo, el desapego absoluto de todo, hasta de lo más querido. Pero ese desprendimiento no significa dejar de amar. Así las cosas, no se debe aborrecer a la mujer en el sentido en que hemos estado acostumbrados, por el contrario, se la debe amar, cuidar, proteger, convertirla en nuestra reina, en nuestra diosa; ella con una sonrisa lo borra todo, ella con una caricia nos reconforta y nos alimenta. Un hombre y una mujer solos son simplemente dos individuos incompletos, les falta su otra mitad, les falta el signo sagrado de la cruz. Es evidente que en el pasaje del versículo de Lucas esta mujer se entiende por esposa y, en última síntesis, es ella a la que se debe tomar siempre, sin abandonarla nunca. Ella es la cruz escondida bajo la alegoría. A muchos se les hará algo supremamente ridículo y pensarán que todo esto es solo una tonta teoría peregrina. Pero, de hecho, no es la primera vez que a la mujer, o a lo femenino, se le vela bajo el símbolo de la cruz o del madero horizontal; en nuestros tiempos el símbolo femenino oficialmente aceptado es el de una cruz fusionada con un círculo en la parte superior. Es evidente que ningún iniciado podría alcanzar la suprema iluminación ni la liberación final sin el signo de la cruz, sin la crucifixión. El Cristo Jesús cuelga de ella y logra la resurrección, Odín se crucifica a un árbol y consigue el conocimiento de las runas; Buda se sienta al pie del árbol bodhi y logra la iluminación. La esposa del Buda es Yasodhara y la esposa de Odín es Frigg. Entre los egipcios la esposa de Osiris es Isis y entre los vedas la esposa de Rama es su adorada Sita; entre los hinduistas la esposa de Shivá es Párvati, y entre los cristianos Jesús el Cristo es un castrado, sin esposa. Sin embargo, ama y defiende a la mujer, se muestra partidario absoluto del matrimonio y de no darle carta de divorcio y se cuelga a una cruz para lograr la resurrección .
Por supuesto, María Magdalena está allí, antes, durante y después. Y es que el símbolo femenino, en su aspecto más simple, no es otra cosa que un árbol enclavado en la tierra, y de este modo es obvio que todo el que quiera llegar a la iluminación y liberación final debe colgarse de un árbol que, toda vez que está inserto en la tierra, forma cruz. Cruzar es formar cruz. Se cruza un río porque está en orientación horizontal, y se cruza pasando al otro lado, de manera vertical. Se cruzan las plantas y las especies animales porque hay unión sexual; y esa unión sexual, al necesitar la cooperación de lo masculino y lo femenino, forma cruz. La cruz no es sólo un símbolo religioso o espiritual, sino que también representa la muerte, la vida y, muy especialmente, la unión de las dos fuerzas creadoras de la naturaleza, para ser más explícitos, la unión sexual .
Ahora, ¿es posible que el Cristo Jesús hubiera impuesto la condición de tomar la cruz si el mismo no la hubiera tomado ya? No parece ser lo más correcto, del mismo modo como no parece ser correcto que haga defensa del matrimonio y se enclaustre en una piedra. La secuencia de todo esto más bien nos aproxima, por intuición o por inferencia, a la certeza de que se nos ha presentado a un Jesús irreal por más de dos mil años, un Jesús que poco a poco viene a resultar más próximo, un hombre que ama profundamente a la mujer y que reivindica la unión de los dos seres, tal como en el principio.

Dentro de nuestra psicología siempre moran las más aberrantes criaturas del Averno, desde las más grotescas y evidentes hasta las más refinadas y ocultas. El yo “no puedo”, sin duda, pertenece a este último grupo.
En nuestra interrelación con las demás personas siempre surgen circunstancias en las que uno dice no puedo. Sin embargo, es claro que nuestro estudio se orienta al trabajo esotérico. Una vez que recibimos las indicaciones precisas del trabajo esotérico que nos compete, de la obra que debemos  realizar, una vez de que somos conscientes que debemos eliminar uno a uno nuestros defectos, una vez que sopesamos en la balanza, una vez que hacemos nuestras sumas y restas llegamos a la gran y brillante conclusión: NO PUEDO. Y así lo sentimos en todo nuestro ser, no es una mera cuestión intelectual, sino que es una sensación general.
Indiscutiblemente esta forma de pensar es del EGO.
 Es lamentable, supremamente lamentable que los que recién inician estos estudios ignoren la existencia de este sutil pero peligroso agregado psicológico, nada más ni nada menos que aliado y mandadero de uno de los TRES TRAIDORES DEL CRISTO. Aliado del Pilatos interno que siempre se lava las manos, que esquiva, que evade su responsabilidad, que no puede enfrentarse a las situaciones que le competen, que se lava las manos, que entrega al pueblo, que dice que NO PUEDE salvar al Cristo, que NO PUEDE asumir la responsabilidad que le compete única y exclusivamente a él.

Nuestra misión es CONVERTIRNOS EN CRISTOS, y no adorar a un Cristo-estatua incapaz de liberarnos. Nuestra misión es eliminar hasta el último de nuestros defectos, manias, recuerdos, temores, etc. Nuestra misión es no volver a fornicar nunca jamás por toda la eternidad. Nuestra misión es no volver a comer del fruto prohibido del orgasmo (agradable a los ojos, pero que nos distancia de nuestro Íntimo). Nuestra misión es crear los Cuerpos Superiores Exsitenciales del Ser. Nuestra misión es llegar victoriosos hasta la tercera montaña AQUÍ, AHORA Y YA.

¿Eres capaz de lograrlo? Si surge, aun cuando sea por un momento, por una millonésima de segundo un asomo de duda, entonces sabemos, sin duda, que se ha presentado el yo “NO PUEDO”.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si somos capaces de llegar hasta la tercera montaña. Si la respuesta es NO PUEDO se debe apelar de inmediato al poder ígneo de Devi Kundalini y pedir con fuerza: ¡Divina Madre mía, eliminadme el yo NO PUEDO! Entonces el mismo irá perdiendo fuerza, hasta que finalmente un día muere.
Esto no significa que algunos de esos yoes NO PUEDO (son muchos) no logren huir y camuflarse bajo otros ropajes o en otros sectores de nuestra psicología; sin embargo, al eliminar este ego daremos un paso muy importante en nuestra búsqueda del Ser.

Es posible también que durante todo este tiempo el ego arrecie sus ataques, que los más importantes defectos parezcan unirse para procurar nuestro hundimiento (lo que sin duda es una estrategia de nuestro propio agregado psicológico parar hacernos CREER que definitivamente NO PODEMOS).

Nosotros debemos luchar hasta el fin, CUESTE LO QUE CUESTE. No hay maestro sin caídas. Indudablemente el ego procura hacernos caer al lodo el mayor número de veces para maximizar nuestro sentimiento de impotencia; sin embargo, es preciso levantarnos siempre, oíd bien: SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, CUESTE LO QUE CUESTE.

Después de todo ¿quién tiene más mérito? ¿El que se cae en el fango y se queda llorando su situación, o el que de inmediato se levanta, se sacude sus ropas y continua?

¿Quién tiene más mérito? ¿El que nunca ha caído y se mantiene indemne, siempre vencedor? ¿O el que ha caído mil veces, pero siempre se ha levantado y, con certeza, seguirá levantándose siempre, CUESTE LO QUE CUESTE?
Ambos son guerreros a su manera; sin embargo, simplemente es difícil saberlo. Pero una cosa sí es segura: NOS MERECE MAYOR CONFIANZA EL QUE SE HA LEVANTADO SIEMPRE que el que no ha caído. La razón es simple: No sabemos si el que no ha caído, cuando lo haga, tenga las fuerzas suficientes para levantarse, si su caída suponga una derrota psicológica insuperable.

Aun cuando el ego esté aplastando nuestra cabeza, con púas, contra el fango, no debemos olvidarnos  nunca de nuestra MADRE. Ella obra el milagro, ella obra el prodigio que no lograrían ni mil hombres juntos.
El devoto, sin ella, ESTARÍA PERDIDO

Nada de lo que escuches, sin importar quien lo diga. Nada de lo que leas, sin importar dónde esté escrito. Nada debes aceptar, sin previo discernirlo. Y por ti mismo, deberás decidir su validez o no. Lee, Informate e ¡Investiga! Cometa Azul Te saluda

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