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sábado, 19 de febrero de 2011

EL HOMBRE - QUIEN ES ? - COMO SE CONOCE


El cuerpo humano es la irradiación condensada del alma.
Lo que lleva el alma como positivo y negativo en sí, forma el cuerpo y se manifiesta en él.
Tanto lo noble y puro del alma como lo impuro, lo brutal de un hombre egoísta, se hace visible dentro y fuera del cuerpo. Su cuerpo es, por tanto –de forma figurada– su alma: la expresión de aquello que está activo en el alma, y no lo que yace en ella.
Lo que está todavía latente en el alma, tanto lo positivo como lo negativo, puede traer sus consecuencias después de muchos años o decenios, o incluso en otras vidas, en los ámbitos de las almas o en otra vida terrenal.
Por ello un hombre joven con un cuerpo joven, o una persona bonita, no tiene que tener precisamente un alma pura: así como la naturaleza se adorna en la primavera, así se muestra también el cuerpo terrenal, cuando el alma está todavía pura o cuando lo impuro todavía no se ha manifestado.
La primavera se adorna con colores y formas, viste a la tierra con un bello, equilibrado y magnífico traje.
En verano la naturaleza se muestra en plena hermosura.
En otoño trae la madurez de los frutos que mostraron su flor en primavera.
El invierno trae la pobreza. Los árboles y arbustos están desnudos. En el ambiente reina el frío y el hielo. Los días son más cortos y las noches más largas. El sol da calor a otro hemisferio de la Tierra que está más cercano a él.
Esta imagen puede trasladarse a la vida del hombre, es decir, que la vida humana se puede comparar con la naturaleza.
¡Qué pronto puede cambiar en la existencia humana el buen tiempo! La hermosa figura del cuerpo puede ser alcanzada en poco tiempo por el invierno. El carácter frío, helado, emerge. El interior, que quiere empezar a salir, va marcando ya el ánimo del hombre, no importa si es joven o mayor.
Así un cuerpo joven, bonito, muy pronto se puede transfigurar y ser marcado por el sufrimiento y la enfermedad, por aquello que yacía en el alma y que se manifestó según la ley de causa y efecto, la ley causal.
También a los hombres que están en plena madurez de su vida, que han tenido que soportar pocos sufrimientos, cuyos rasgos son regulares y hermosos, cuyo ambiente es armonioso y que poseen todo para embellecer su vida diariamente, les puede sorprender el destino si en el alma ya está presente una carga que ha de tener su efecto debido a las causas existentes. En una vida llena de alegría, confianza y esperanza en lo material, un golpe del destino puede de repente ensombrecer y enturbiarlo todo.
Lo que estaba todavía latente en el alma se volvió efectivo y alcanzó al hombre. Así el hombre puede perder –por ejemplo– de un día para otro todos los bienes que ha adquirido con mucho esfuerzo. Lo que queda de él puede ser un hombre decepcionado, cuya resignación estropeará sus bellos rasgos y cuyo cuerpo envejecerá en poco tiempo.
El otro tipo de hombre pasa a través de las cuatro estaciones de su vida terrenal. Tiene posesiones y riquezas, y goza de salud y consideración. Su apariencia –para el hombre del mundo– es agradable y su comportamiento, en la medida que lo ve, intachable.
El hombre espiritual, el iluminado, ve más profundamente y reconoce que el comportamiento aparentemente intachable y con frecuencia inviolable, marcado por el intelecto, es solamente adquirido por educación y no creció desde dentro.
El hombre puramente intelectual y racional, no posee la inteligencia, es decir, la fuerza de la consciencia despertada. En él todavía está oculta en su mayor parte la inteligencia divina, el Logos que sabe de todas las cosas, que eleva al hombre a la sabiduría verdadera y a la ética y moral elevadas, a la vida desinteresada.
A unos les afecta el destino en esta vida, que es la causa hasta ahora latente y que se ha hecho efectiva. Otros, sin embargo, caminan aparentemente por la vida terrenal sin preocupación, sin que les afecten las causas que quizás todavía yacen en sus almas.
Esto hace que un hombre a pesar de su alma ensombrecida, pueda poseer en esta vida todo lo que desee, pueda satisfacer todas sus apetencias y crean, por tanto, que los buenos espíritus están de su lado. Pero el sabio reconoce muy bien en el comportamiento y en la vida de su prójimo mundano las faltas y debilidades que éste todavía no ha reconocido.
Aunque su vida terrenal todavía no demuestre ninguna carga y su alma esté aún atada al mundo, sin estar afectada por un destino propio, su comportamiento ya lo está manifestando. De este modo, toda la carga que esté presente en el alma y la que se sumará durante esta existencia en la Tierra, estará latente.
Un hombre que por el momento no reconoce los efectos de las causas que todavía descansan latentes en su alma, puede, a pesar de ello, transformar su vida terrenal de forma provechosa para el desarrollo de su alma si vive y actúa según el mandamiento del amor desinteresado. Lo bueno que realice y cumpla, se reflejará como luz en su alma y podrá iluminar muchos ensombrecimientos que yacen todavía en la profundidad de las envolturas del alma, e incluso podrá disolverlos parcial o totalmente. Este hombre ya no tendrá que sobrellevar ni sentir posteriormente todos los efectos que surjan.
Los hombres que están todavía con el mundo y son aún muy egocéntricos y sometidos a las opiniones e imaginaciones de su prójimo, ven solamente lo externo de sus semejantes, su apariencia, cómo se presentan y, sin embargo, no son así. Los hombres de este mundo, por tanto, ven sólo superficialmente. Ven solamente la forma de vibración externa, y muchas veces se dejan cegar por ella y llevar al error.
El iluminado no ve al hombre sólo como se muestra, sino que lo ve mucho más profundamente. Ve los efectos de los pensamientos manifestados en el cuerpo, pues el hombre está marcado por sus pensamientos y sus actos. Incluso su forma de alimentarse qué y cómo come refleja en su cuerpo. En su forma de actuar, su gesticulación y mímica, en la elección de los alimentos y sus movimientos, y también en cómo toma sus alimentos muestra el hombre quién es.
El verdadero iluminado mira hacia el interior de su prójimo, detrás de la máscara de su comportamiento y ve sus cualidades tal como son en verdad y no como aparentan ser. El ve tanto la pureza como lo impuro del hombre.
Estracto de: Lo que piensas y hablas, tu forma de comer y lo que comes, muestra quién eres.
La palabra de Dios para nosotros manifestada por el Querubín de la Sabiduría divina, el hermano Emanuel.
Dada a través de la profetisa del Señor, Gabriele de Würzburg

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