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martes, 26 de abril de 2011

La culpa, ese fantasma que nos persigue.

La culpa es ese encierro al que un día arribamos, de manera inconsciente, para permanecer muchos años en terrenos por demás despiadados, bajo las garras de innumerables tormentos e insomnio. El fenómeno ocurre desde nuestra niñez a partir del momento en el que, siendo católicos, aprendemos en las clases de catecismo que, por culpa de Adán y Eva, quienes fueron desterrados del Paraíso, nacemos con el pecado capital. El pecado fue de ese par de seres que Dios creó en un principio.
Habiendo nacido en un hogar católico, recibí la información que todo niño y niña está obligado a aprender de memoria: la historia sagrada. Con frecuencia me preguntaba: “¿Cómo es posible que todos vengamos a este mundo con tan horrible responsabilidad, y si no somos bautizados este gran pecado nunca será perdonado?
La culpa es un instrumento debilitante que posiblemente existe en otras religiones, no sólo en la católica. Lo que también es cierto es que lo utiliza la sociedad y se engolosina con él.
No pienso abundar en el tema de las religiones porque respeto las creencias de los demás. Lo que pretendo hacer es analizar un poco el hecho de que la culpa, la sensación de ser impuros, nos mantiene alejados de la libertad. Nos han dicho que no somos libres hasta que borremos los pecados de nuestros ancestros.
Pues bien, en este momento establezco, con toda firmeza, que no creo en el pecado. El pecado no existe. Existen, sí, los errores, las equivocaciones. Sabemos que no somos perfectos, que al darnos libre albedrío, Dios nos permitió probar toda suerte de situaciones y, por ende, a veces acertamos y a veces no. Mantener a millones de personas en el terror de condenarse, primo: si no limpian el pecado original, secundo: si se salen un milímetro del rebaño, es decir, si no siguen al pie de la letra los preceptos de su religión, aunque éstos sean obsoletos, es una de las cosas más espantosas que los hombres de poder pudieron maquinar.
Haber llegado a la conclusión de que, para mí, no existe el pecado, fue motivo de una inusitada liberación. “Sí, sí, estoy en lo cierto”, me dije, “así es como deben ser las cosas. Debo borrar de mi memoria el concepto de pecado porque me debilita, me hace parte de un conjunto de seguidores al que, ciertamente, no quiero pertenecer. Nadie tiene el derecho de maniatarme, de obligarme a tener pensamientos que consumen mi autonomía.”
Al deshacerme del pecado, me fue posible analizar la culpa, para posteriormente, desterrarla de tajo. Si no me siento condenada, miserable e indigna entonces puedo comportarme bajo la premisa de la lógica, siguiendo los dictámenes de eso que es lo más valioso en cada ser humano: su intuición. Prestar atención a nuestra intuición es la única manera de ir por la vida tomando buenas decisiones. Una vez que la culpa ha sido eliminada, ¿qué nos queda?, la posibilidad de actuar con honor y con sinceridad cada vez que tomamos las medidas pertinentes.
Si me rijo por el amor no tendré miedo, ni dudaré en mi comportamiento cotidiano. Mi respeto y amor por el otro irá por el camino de la comunicación sin cortapisas, sin falso pudor, sin mentiras.
La culpa se lía arteramente con la inseguridad. ¿Alguna vez has querido acercarte a una persona, pero te detienes porque crees que puede estar enfadada contigo? Esto lo viví con un muy amado miembro de mi familia. Siendo pequeña, con frecuencia me preguntaba: “¿Estás enojada conmigo?” Sorprendida le respondía: “No, mi cielo, para nada”. ¿Por qué lo preguntas? No me respondía… era evidente que no sabía cómo describir lo que bullía en su interior. ¿Este familiar tenía miedo -a pesar de su afecto por mí- de haber hecho algo reprobable? Seguramente tenía dudas y las dudas eran hijas de una culpa que había fabricado en su mente. Quizá, como muchos, pensaba que había cometido una falta y que merecía un castigo. Su pregunta iba preñada de ansiedad, de una intensa necesidad de ser amada, de seguir siendo favorecida por mí. ¡Ah, cuánto sufrimos, inútilmente, al ser producto de un dictamen ancestral.
En una ocasión alguien comentó: “Necesito que me castiguen”. ¡Qué terrible sentencia! Esta persona estaba segura de que si no la reñían era porque no la amaban. Pensaba que era culpable (quién sabe de qué, ni ella misma lo entendía). De lo que sí estaba segura era que era menester recibir un escarmiento porque era “mala”. ¿Culpa?
Yo misma he sido víctima del fantasma de la culpa. En muchas ocasiones he sentido que ‘algo anda mal’ al comunicarme con determinada persona. He percibido que, quizá, está enfadada conmigo por algo horrible que hice; una falta imperdonable que hizo sufrir a esa persona. No siempre he podido externar la pregunta ¿Hice algo que te ofendió? Pero cuando lo he hecho he aprendido que a) fui poco atenta y mi comentario fue inapropiado (es decir, cometí un error) o b) me entero que esa persona tiene problemas existenciales y su malestar no es conmigo, es con alguien más, pero no le fue posible hablarlo en su momento. No obstante, la primera sensación al hablar con aquella persona es: “ya no me quiere, lo que sea que hice merece un castigo y nuestra amistad va a quedar anulada en este mismo instante”.
Recuerdo algunas situaciones en las que intervenía mi padre. Si me regañaba, con esa mirada que me paralizaba de miedo, yo era culpable de algo mayúsculo. Siendo muy pequeña, un día le tomé una mano, la besé y le pedí perdón ante la aterradora realidad de no ser amada. Resulta que no había hecho nada malo, solamente me había comportado fuera de “sus” leyes que, en su mayoría, eran autoritarias, despojadas de toda intimidad, de la comprensión que todos buscamos en nuestros progenitores. Pero, y esto es fundamental, algo que todos debemos entender, él fue producto de una educación todavía más autoritaria, hija del miedo y de la culpa, en la que su padre, mi abuelo, debía ser perfecto y exigía obediencia y voluntad férrea de parte de todos sus hijos… y ¡fueron diecisiete!, aunque diez lograron vivir. Mi papá sufría lo indecible porque no podía comunicarse, no podía olvidar los años de castigos y austera disciplina que le fueron impuestos. Esto lo supe muchos años después al observarlo, al perdonar mis años de sufrimiento y a amarlo como mi esforzado padre, nada más.
Para terminar, con toda compasión comparto contigo, querido lector/querida lectora, que es imperioso deshacernos de la culpa, que no necesitamos sufrir más a causa de esa espina que voluntaria o involuntariamente clavamos en nuestro corazón. Podemos reconocer nuestros errores. Podemos ofrecer una disculpa. Podemos aprender a remediar algo que estuvo equivocado para restituir la armonía en nuestro entorno. La culpa es otra hermana de la preocupación y realmente no la necesitamos.
Fuente : Extracto del Ensayo de Martha Sánchez Llambí

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