Desde la más remota antigüedad, la sal ha sido tan valiosa que se utilizaba incluso como pago en el comercio.
En pueblos europeos y en el mismísimo Imperio Romano, se pagaba con sal el trabajo diario (salario), ya que la misma se consideraba un elemento difícil de extraer. Los pueblos nacían cerca de donde se extraía. Roma tiene origen en una ruta destinada al transporte de sal.
Desde la Grecia antigua, la sal ha tenido un gran poder simbólico: procede de la Madre Tierra, del mar; las lágrimas y la saliva son saladas, y conserva, condimenta y enriquece los alimentos. La palabra latina «sal» significa también ingenio, “salsus” (salado) irónicamente. Homero llama “divina” a la sal, la cual se utilizaba también en sacrificios expiatorios y misterios para purificación simbólica.
Los antiguos romanos ponían sal en los labios de los lactantes para protegerles de peligros.
Ciertos mitos sirios refieren que los hombres aprendieron de los dioses el uso de la sal; Gabija, una antigua diosa lituana, era señora del fuego sagrado y en su honor se esparcía sal en las llamas. Decíase que los demonios abominaban de la sal y todavía en leyendas relativamente recientes acerca del “sabbat de las brujas” se dice que, en el banquete que se ofrecía, todos los manjares eran sin sal.
En la Biblia la sal es un medio simbólico de unión entre Dios y su pueblo (ya hemos incluido al inicio de este artículo una conocida cita del Levítico); Eliseo purifica una fuente echando sal en ella (II Libro de los Reyes 2, 19 y s.). En el Sermón de la Montaña, Jesús llama a sus discípulos la «sal de la tierra» y el padre de la iglesia Jerónimo (348-420) llama al mismo Jesucristo la sal redentora que penetra el cielo y la tierra.
También es conocida una acción destructiva de la sal: los romanos, después de la destrucción de Cartago, esparcieron sal en los campos que rodeaban la ciudad, para volverlos estériles para siempre; según leemos, esto mismo hizo Abimelech en la Biblia con la conquistada ciudad de Sichem (Jueces 9, 45).
En la India, el consumo de sal se consideraba afrodisíaco, y estaba prohibido a los ascetas y matrimonios jóvenes, así como a los brahmanes en determinados actos sacrificiales. En el lenguaje de la alquimia, al hablar de sal no se refiere al cloruro sódico, sino al tercer principio primario junto ni azufre y mercurio, que probablemente (quizá por vez primera en Paracelso) representa la cualidad de la «palpabilidad».
Sin embargo, también allí se relaciona la «sal» en otros conceptos simbólicos, por ejemplo, “sal sapientiae“, sal de la sabiduría. La locución “con un granito de sal” (cum grano salis) significa que hay que consumir algo sólo con prudencia. Esto se remonta a una prescripción, mencionada en Plinio, para antídotos que sólo debían consumirse con un granito de sal. “Convertirse en estatua de sal” hace referencia a la mujer de Lot en la destrucción de Sodoma y Gomorra.
En algunas culturas, como la rusa, la sal se ofrecía junto al pan como un gesto de hospitalidad ante los huéspedes. En Arabia y otros países el acto de comer sal en compañía es altamente sagrado, llegando a merecer el nombre de ‘comunión de la sal’.
Los árabes de Marruecos esconden la sal en la oscuridad, para ahuyentar a los malos espíritus, y en los países nórdicos se pone sal cerca de la cuna de los niños para protegerlos de toda mala influencia. En las costumbres medievales, la sal separaba a los miembros de la familia de los de la servidumbre.
La sal además se utilizaba como material en los sacrificios; tanto los latinos como los griegos espolvoreaban con sal la cabeza del animal en el sacrificio que ofrecían a los dioses.
La sal tiene un uso muy frecuente para la magia protectora y la curativa.
Entre los naturales de Laos y de Siam, las mujeres recién paridas se lavan diariamente con sal y agua, en la creencia de que es una protección contra los hechizos. Hoy en día, varios grupos indígenas del Amazonas colombiano elaboran sales vegetales para uso ritual, medicinal y culinario.
La sal vegetal tiene propiedades medicinales conocidas por los indígenas, pero muy poco divulgadas.
La sal de monte, en el pensamiento religioso y filosófico de los indígenas amazónicos, tiene una importancia central en la cosmogonía, en los rituales y en la curación.
También se utilizaba la sal para dar solemnidad a los juramentos; así entre algunos pueblos primitivos, el que juraba sumergía el dedo en la sal y luego pronunciaba el juramento.
En el terreno de la superstición es muy curioso que en pueblos del África Central, la mujer, al llegar a la pubertad, es recluida y se le prohíbe el uso de la sal; cuando llega el momento del matrimonio, el día siguiente de la noche de la boda, la recién casada echa sal en el plato que guisa y luego lo da a los parientes para que se froten con él; de no dárselo, es señal de que su marido es impotente.
Desde la antiguedad se ha utilizado sal en rituales mágicos y esotéricos, empleando dicho elemento como agente purificador y disipador de energías negativas. La costumbre de arrojar un puñado de sal sobre el hombro izquierdo para prevenir la mala suerte se conoce desde tiempos antiguos y se basa en la creencia de que si algún ente maligno se encuentra cerca de nosotros, se posa detrás de nuestro lado izquierdo, por lo que al arrojar sal sobre nuestro hombro, se ahuyentaría a estos malos espíritus que estarían acechando para cometer alguna maldad.
También es ampliamente conocida la costumbre de purificar ambientes dispersando sal por sus esquinas, repeliendo así a las energías negativas.
En todos los rituales en los que se invocan espíritus, se traza un círculo mágico con sal, en el que la persona permanece protegida, dado que se sabe que las entidades negativas no pueden atravesar un círculo trazado con sal, y, para ahuyentar a un espíritu, basta arrojarle un puñado de sal para que éste desaparezca.
Se echaba sal en los rincones de las cuadras el día primero de abril. Así evitaban las enfermedades del ganado. Para contrarrestar el mal de ojo se bañaban en agua con sal las plantas de los pies y las palmas de la mano tres veces, se bebían tres sorbos del agua salada y después se echaba al fuego lo que quedaba de dicha agua.
Era costumbre echar sal al fuego cuando entraba en casa una persona sospechosa de dedicarse a la hechicería. También se evitaban las visitas de alguien indeseable echando sal donde había estado, recogiéndola y quemándola después. Otro remedio utilizado era echar sal en el umbral después de su partida.
Se creía que poniendo un plato con sal debajo de la cama de un enfermo ésta absorbía el mal y protegía contra la enfermedad. Para evitar que un niño sin bautizar fuera objeto de hechicerías se ataba a sus ropas un saquito con un poco de sal cuando se le ponía a dormir en su cuna. Y se dice que una mujer no debe permitir que se acabe la sal en su casa; nunca se debe estar sin sal en casa porque eso trae mala suerte.
Tanto para las culturas indígenas como en tradiciones esotéricas, se utiliza la sal como ritual de limpieza y en baños de descarga y relajación.
Los magos utilizan sal para proteger sus herramientas, para deshacer maldiciones, para realizar una efectiva limpieza del espacio.
La sal nunca se pasa de mano en mano, sino que se apoya en la mesa antes de que otro la tome, ya que si se derrama se pierde algo de mucho valor.
Y recuerda, no comas salado, porque la sal retiene la grasa en el cuerpo.
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martes, 14 de septiembre de 2010
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Fortuna, Suerte o Destino
Hemos dicho que la suerte consiste en que ocurra algo favorable o adverso que cae fuera del alcance de una previsión efectiva.
Existe pues una diferencia significativa entre la suerte y la fortuna. Un individuo es afortunado siempre que le ocurra algo bueno siguiendo el curso normal de las cosas.
Sin embargo, tiene suerte cuando el beneficio le llega.
A pesar de ser dudoso y especialmente si ocurre a pesar de ser poco probable y contra toda expectativa razonable. Una persona que hereda una gran cantidad de dinero que le va a permitir poder viajar en primera es afortunada, pero, en sentido estricto, no se puede decir que esta persona tenga suerte.
Por el contrario, el pasajero de un avión al que la tripulación le cambia de su asiento de turista a primera clase, sí se puede afirmar que ha tenido suerte. Por regla general, el destino y la fortuna tienen que ver con las condiciones y circunstancias específicas de nuestras vidas, mientras que la suerte está en el ámbito de lo bueno o malo que nos acontece por pura casualidad.
Nuestra capacidad y talentos innatos están del lado de la buena fortuna; las oportunidades que la casualidad nos pone en nuestro camino para desarrollarlos del lado de la suerte. Coger un resfriado es una desgracia, le pasa a mucha gente normalmente, pero que le ocurra a alguien en una noche de estreno es tener mala suerte.
Las cosas positivas y negativas que nos acontecen en el devenir normal, incluido la propia herencia, ya sea biológica, médica, social o económica, la capacidad y el talento, las circunstancias que marcan el tiempo y el lugar en el que a uno le toca vivir (pacífico o caótico), todo ello entraría en la categoría de destino o fortuna.
No podemos decir que la gente que no tiene suerte porque sean tímidos o tengan mal carácter, son simplemente desafortunados. Sin embargo todo lo positivo y lo negativo que nos vamos encontrando por el camino por pura casualidad e imprevisto azar, por ejemplo: encontrar un tesoro, o salir ileso de un accidente mortal son asuntos que hay que atribuir a la suerte.
Podemos decir, que Ernesto Luna es relativamente afortunado por poseer una navaja. Pero no cabe duda de que tuvo suerte al llevarla encima el día que se encontró con una serpiente. (Normalmente no la llevaba, pero por cosas del azar la cogió ese día).
Tienes que heredar una inmensa fortuna gracias a un destino favorable, pero se puede decir que eres un tipo con suerte si la heredas justo a tiempo para salvarte de la bancarrota.
La suerte y la casualidad constituyen dos caras de una misma moneda. Pero el destino es algo distinto, algo que carece de azar. Supongamos que se descubre que un enorme meteorito, que no ha sido detectado, está a punto de colisionar contra la tierra. El destino de la humanidad está marcado. Durante un determinado número de días, la tierra estará cubierta por una nube impenetrable de polvo que hará imposible la continuación de la vida para los mamíferos. ¡Qué catástrofe!
En estas circunstancias podremos decir que la extinción de la especie humana, estrictamente hablando, es una desgracia, pero no podríamos decir que hemos tenido mala suerte. Es el elemento de la sorpresa, de la casualidad y de lo impredecible, lo que nos permite distinguir la suerte del destino, o de la fortuna en general.
Lo peligroso de la suerte significa que en interacciones donde una parte corre con todos los riesgos, sólo uno puede tener suerte. Los patrocinadores de la lotería están destinados a ganar, pero sólo los jugadores pueden tener suerte.
Lo mismo se puede aplicar a los casinos donde las cosas están organizadas de tal modo que la banca “siempre gana”. De la misma manera, podemos ser afortunados, en ciertas circunstancias, por ser pelirrojos (en caso de que esta peculiaridad nos haga elegibles para la obtención de un determinado beneficio), sin embargo, no podemos decir que uno tenga suerte por el hecho de serlo. No obstante, los individuos pelirrojos sí tienen suerte si el patrocinador decide que sean ellos los beneficiarios de su generosidad.
La suerte en si misma es imprevisible. Y esto se refleja a su vez en la inconsistencia y lo variable de la suerte. Un proverbio escocés de 1721 dice: "Detrás de la mala suerte viene la buena." (Lo contrario es también cierto). Hay otra vieja máxima que dice: “La única cosa segura de la suerte es que cambia.”
Únicamente si creemos que nos toca una vida en suerte, como si se tratara de un reparto al azar, podemos interpretar el destino global de una persona en términos de suerte. En ese caso la suma total de todo lo bueno y lo malo que le acontezca a un individuo queda reducida, de manera global y automática, a un asunto de asignación azarosa. Evidentemente parece poco realista.
Así pues, se considera que una persona es afortunada por estar especialmente dotada en el campo de las matemáticas, pero no podemos decir que esta persona tenga suerte con respecto a las matemáticas porque la casualidad no está implicada. Su don y su capacidad son partes integrantes de dicha persona; no es algo que el azar le proporcione y que se añada a su identidad actual.
Una persona tiene suerte si encuentra en su vida a una persona que le estimule o le ayude a desarrollar sus propias capacidades. Pero el hecho de tener dicha capacidad tiene que ver con la fortuna y no con la suerte.
No tiene sentido establecer comparaciones entre el destino personal y los juegos de azar, porque en el caso de los juegos existe siempre antes un jugador que entra en una competición, mientras que en el caso de la gente nunca existe un antecedente, un individuo privado de identidad que obtiene todo por tener una cualidad especial.
La distinción que nos ocupa no es pura y totalmente un tener que dar cuenta de los distintos usos de los términos “suerte” y “fortuna”.
Es necesario, hacer algunas aclaraciones de carácter lingüístico. Cuando le preguntamos a una chica que nos dice que se acaba de comprometer: "¿Quién tiene esa suerte?", habría que utilizar la palabra fortuna y preguntar: ¿Quién es el afortunado?, siempre que queramos evitar cualquier otro tipo de sugerencia que nos haría pensar que ha sacado el nombre del susodicho de un sombrero.
Habría que hablar pues de fortuna y no de suerte. La distinción entre ambas, teniendo en cuenta que la segunda conlleva un elemento azaroso del que carece la primera, a veces no está presente en el uso común donde se detecta alguna infracción ocasional.
Fuente: Victor M.Guzman V.
Existe pues una diferencia significativa entre la suerte y la fortuna. Un individuo es afortunado siempre que le ocurra algo bueno siguiendo el curso normal de las cosas.
Sin embargo, tiene suerte cuando el beneficio le llega.
A pesar de ser dudoso y especialmente si ocurre a pesar de ser poco probable y contra toda expectativa razonable. Una persona que hereda una gran cantidad de dinero que le va a permitir poder viajar en primera es afortunada, pero, en sentido estricto, no se puede decir que esta persona tenga suerte.
Por el contrario, el pasajero de un avión al que la tripulación le cambia de su asiento de turista a primera clase, sí se puede afirmar que ha tenido suerte. Por regla general, el destino y la fortuna tienen que ver con las condiciones y circunstancias específicas de nuestras vidas, mientras que la suerte está en el ámbito de lo bueno o malo que nos acontece por pura casualidad.
Nuestra capacidad y talentos innatos están del lado de la buena fortuna; las oportunidades que la casualidad nos pone en nuestro camino para desarrollarlos del lado de la suerte. Coger un resfriado es una desgracia, le pasa a mucha gente normalmente, pero que le ocurra a alguien en una noche de estreno es tener mala suerte.
Las cosas positivas y negativas que nos acontecen en el devenir normal, incluido la propia herencia, ya sea biológica, médica, social o económica, la capacidad y el talento, las circunstancias que marcan el tiempo y el lugar en el que a uno le toca vivir (pacífico o caótico), todo ello entraría en la categoría de destino o fortuna.
No podemos decir que la gente que no tiene suerte porque sean tímidos o tengan mal carácter, son simplemente desafortunados. Sin embargo todo lo positivo y lo negativo que nos vamos encontrando por el camino por pura casualidad e imprevisto azar, por ejemplo: encontrar un tesoro, o salir ileso de un accidente mortal son asuntos que hay que atribuir a la suerte.
Podemos decir, que Ernesto Luna es relativamente afortunado por poseer una navaja. Pero no cabe duda de que tuvo suerte al llevarla encima el día que se encontró con una serpiente. (Normalmente no la llevaba, pero por cosas del azar la cogió ese día).
Tienes que heredar una inmensa fortuna gracias a un destino favorable, pero se puede decir que eres un tipo con suerte si la heredas justo a tiempo para salvarte de la bancarrota.
La suerte y la casualidad constituyen dos caras de una misma moneda. Pero el destino es algo distinto, algo que carece de azar. Supongamos que se descubre que un enorme meteorito, que no ha sido detectado, está a punto de colisionar contra la tierra. El destino de la humanidad está marcado. Durante un determinado número de días, la tierra estará cubierta por una nube impenetrable de polvo que hará imposible la continuación de la vida para los mamíferos. ¡Qué catástrofe!
En estas circunstancias podremos decir que la extinción de la especie humana, estrictamente hablando, es una desgracia, pero no podríamos decir que hemos tenido mala suerte. Es el elemento de la sorpresa, de la casualidad y de lo impredecible, lo que nos permite distinguir la suerte del destino, o de la fortuna en general.
Lo peligroso de la suerte significa que en interacciones donde una parte corre con todos los riesgos, sólo uno puede tener suerte. Los patrocinadores de la lotería están destinados a ganar, pero sólo los jugadores pueden tener suerte.
Lo mismo se puede aplicar a los casinos donde las cosas están organizadas de tal modo que la banca “siempre gana”. De la misma manera, podemos ser afortunados, en ciertas circunstancias, por ser pelirrojos (en caso de que esta peculiaridad nos haga elegibles para la obtención de un determinado beneficio), sin embargo, no podemos decir que uno tenga suerte por el hecho de serlo. No obstante, los individuos pelirrojos sí tienen suerte si el patrocinador decide que sean ellos los beneficiarios de su generosidad.
La suerte en si misma es imprevisible. Y esto se refleja a su vez en la inconsistencia y lo variable de la suerte. Un proverbio escocés de 1721 dice: "Detrás de la mala suerte viene la buena." (Lo contrario es también cierto). Hay otra vieja máxima que dice: “La única cosa segura de la suerte es que cambia.”
Únicamente si creemos que nos toca una vida en suerte, como si se tratara de un reparto al azar, podemos interpretar el destino global de una persona en términos de suerte. En ese caso la suma total de todo lo bueno y lo malo que le acontezca a un individuo queda reducida, de manera global y automática, a un asunto de asignación azarosa. Evidentemente parece poco realista.
Así pues, se considera que una persona es afortunada por estar especialmente dotada en el campo de las matemáticas, pero no podemos decir que esta persona tenga suerte con respecto a las matemáticas porque la casualidad no está implicada. Su don y su capacidad son partes integrantes de dicha persona; no es algo que el azar le proporcione y que se añada a su identidad actual.
Una persona tiene suerte si encuentra en su vida a una persona que le estimule o le ayude a desarrollar sus propias capacidades. Pero el hecho de tener dicha capacidad tiene que ver con la fortuna y no con la suerte.
No tiene sentido establecer comparaciones entre el destino personal y los juegos de azar, porque en el caso de los juegos existe siempre antes un jugador que entra en una competición, mientras que en el caso de la gente nunca existe un antecedente, un individuo privado de identidad que obtiene todo por tener una cualidad especial.
La distinción que nos ocupa no es pura y totalmente un tener que dar cuenta de los distintos usos de los términos “suerte” y “fortuna”.
Es necesario, hacer algunas aclaraciones de carácter lingüístico. Cuando le preguntamos a una chica que nos dice que se acaba de comprometer: "¿Quién tiene esa suerte?", habría que utilizar la palabra fortuna y preguntar: ¿Quién es el afortunado?, siempre que queramos evitar cualquier otro tipo de sugerencia que nos haría pensar que ha sacado el nombre del susodicho de un sombrero.
Habría que hablar pues de fortuna y no de suerte. La distinción entre ambas, teniendo en cuenta que la segunda conlleva un elemento azaroso del que carece la primera, a veces no está presente en el uso común donde se detecta alguna infracción ocasional.
Fuente: Victor M.Guzman V.
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