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jueves, 28 de febrero de 2013

LA PROFESIA DE SAN MALAQUIAS Y EL PAPA ANTICRISTO

San MalaquiasEsta es la profecía de San Malaquias, en la que dice que un Papa de nombre Benedicto no logrará traer la paz y este rechazará su cargo justo antes de empezar la tercera guerra mundial.

Si hay algún error en la conjugación es debido a que es un texto traducido literalmente, disculpad las molestias:

"El próximo Papa (después de que Juan Pablo II) se llevará el nombre del Papa Benedicto (Benedicto XVI), a imitación de San Benito y del Papa Benedicto XV. Así como el Papa Benedicto XV fue un emisario de la paz, por lo que el Papa Benedicto XVI será un emisario de la paz.

Así como el Papa Benedicto XV buscado la paz y habló de paz y escribirá documentos papales que buscan la paz, por lo que el Papa Benedicto XVI hará también. así como el Papa Benedicto XV no pudo lograr la paz en el mundo, por lo que el Papa Benedicto XVI no logran alcanzar la paz en el mundo. así como el pontificado de Benedicto XV se inició antes de la Primera Guerra Mundial, por lo que será el pontificado de Benedicto XVI se producen antes de la Tercera Guerra Mundial. Después de que el pontificado de Benedicto XVI, la Tercera Guerra Mundial comenzará. las naciones árabes amenazar y atacar los Estados Unidos, sino que pondrá en peligro, atacar, invadir y conquistar Europa, sino que pondrá en peligro, atacar, invadir y conquistar el norte de África, es la voluntad de Dios"

Quiero añadir que sea cual sea el próximo Papa después de Benedicto XVI, este traerá mensajes de esperanza (contradictorios a la ideología eclesiástica hasta ahora). Es posible que muchos se identifiquen con estos mensajes, e incluso los encuentren correctos, pero no podéis olvidar que el fin del nuevo Papa es la DESTRUCCIÓN DEFINITIVA de la Iglesia Católica, recomiendo que leáis el artículo "El Papa Anticristo", en el cual redacto de manera más detallada este suceso.

La convocación del nuevo Papa será uno de los motivos precursores de la tercera guerra mundial, es importante que estemos conscientes de ello. Y para terminar quiero citar una frase que aunque poco tiene que ver con este tema, mucha importancia le debemos de dar en estos tiempos que corren:

"Si no estáis prevenidos ante los Medios de Comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido."
SOLO UNA NOTA CURIOSA:
LA PALABRA  !! SOTANAS !! DEL CLERO  ES LA TRANSCRIPCION DE LA PALABRA GRIEGA !! SATANAS !!
Y UNA PREGUNTA:
!!LLEVABA PUESTA JESUCRISTO O SUS APOSTOLES UNA SOTANA NEGRA !! ???


Fuente: http://www.leycosmica.org/profiles/blogs/profecia-malaquias-y-nuevo-papa#ixzz2MEjD1gAm

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miércoles, 27 de febrero de 2013

LA DESCOMPOCISION DE LA IGLESIA CATOLICA Y LOS SECRETOS DE BENEDICTO XVI - Haciendo un poco de historia


El fenómeno vital humano tiene dos caras – la biológica y la espiritual – y está sometido,  por tanto, a dos  poderes distintos (José Ortega y Gasset)

La abrupta renuncia del Papa Benedicto XVI  (Joseph Ratzinger) sorprendió y  consternó, no sólo a los 1.200 millones de  católicos, sino al mundo entero porque las renuncias de papas sucedieron raras veces  en los anales  del catolicismo.

La presente es  la séptima abdicación en la historia de la Iglesia Católica  fundada en el año  33 d.C…  El último en renunciar al pontificado fue Gregorio XII en 1415. En el documento de su renuncia Benedicto XVI explicó que ha llegado a la convicción de que “por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio a mi cargo”. Sin embargo, hay serias dudas respecto los entretelones de su renuncia.

Lo curioso  fue que el mismo día después de anunciar Benedicto XVI su dimisión un rayo golpeó  la cúpula de la Basílica de San Pedro en el Vaticano desatándose una ola de rumores  sobre una señal de descontento que estaría mandando Dios o  insinuando la posibilidad de una conspiración utilizando el Proyecto norteamericano H.A.R.P. (High Frequency  Active Auroral  Research Program – Sistema para Modificar y Controlar el Clima, Tiempo e Ionosfera).

Aparte de todas las ideas que siempre ofrece la teoría de la conspiración, la posibilidad de la renuncia ya fue anticipada por el pontífice en una entrevista que fue concedida a un periodista católico alemán, Peter Seewald y reproducida el año 2010 en su libro “Luz del Mundo: el Papa, la Iglesia y los Signos de nuestro Tiempo”.

Allí Benedicto XVI expresó de que “cuando un Papa alcanza la clara conciencia de no estar bien física y espiritualmente para llevar adelante el encargo confiado, entonces tiene derecho en algunas circunstancias y también el deber de dimitir”. También en la curia romana se rumoreaba sobre esta posibilidad después del viaje que realizó el Sumo Pontífice a Cuba y México el año pasado.

Los defensores del Papa explican a la vez que  los motivos reales de su renuncia no hayan sido su salud y edad, sino descarnadas luchas por el poder en el Vaticano  y las permanentes intrigas de los burócratas que visten sotana que obstaculizaron todos sus intentos de limpiar la institución.

Como escribió el periodista Pablo Ordaz desde Roma “el Papa estaba rodeado por los lobos y, los lobos aunque se vistan de púrpura se excitan con la sangre”.

Lo que no menciona Ordaz  es que el mismo Joseph Ratzinger ha sido parte de esta manada desde 1981 y sabía perfectamente cómo funciona. Los secretos, chismes, intrigas, ambiciones, negocios sucios, homosexualismo y corrupción en la Santa Sede, involucrando a  monseñores, obispos y cardenales fueron divulgadas en el libro “Via col Vento in Vaticano” (“Lo que el Viento se llevó en el Vaticano”) y uno de sus autores el obispo Luigi Marinelli fue procesado por el Vaticano.

Siendo Benedicto XVI “una de las mentes más lúcidas y grandes en la Iglesia Católica”, según Peter Seewald, no podría no haber sabido los entretelones de su institución. Precisamente ese conocimiento  le ayudó  a escalar en la  jerarquía eclesiástica rápidamente. A los 14 años siendo seminarista fue obligado a ser miembro de la  Juventud Hitleriana y posteriormente tuvo que servir en el ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial en el destacamento de defensa aérea.

Terminada la guerra prosiguió sus estudios de teología en varias universidades alemanas y posteriormente se dedicó a la carrera académica, abrazando muchas ideas progresistas las que cambió abruptamente después de la rebelión de los estudiantes en Europa en 1968.

Supo combinar su trabajo académico con el pastoral y en 1977 fue nombrado arzobispo de Munich y Freising convirtiéndose en cardenal, cuyo sobrenombre era “Panzercardenal” en alusión al tanque alemán de la Segunda Guerra Mundial caracterizado por la maniobrabilidad,  precisión y velocidad en el ataque. Seguro que estas cualidades del cardenal Ratzinger en defensa de las tradiciones ortodoxas y conservadoras de la Iglesia Católica fueron tomadas en cuenta por el Papa Juan Pablo II pues en 1981 lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a quien en la época medieval llamaban el “Gran Inquisidor”.

Muy pronto se le agregó otro apodo el “Rottweiler de Dios” por sus  ataques a los sacerdotes, teólogos y laicos que querían acercar la Iglesia a los tiempos modernos y especialmente abrazar la defensa del ser humano frente a la injusticia social, desigualdad y el hambre.

De acuerdo a uno de sus estudiantes de teología, Leonardo Boff, el cardenal Ratzinger, siempre era nostálgico de las posiciones reaccionarias,  “teniendo la imagen de una Iglesia de mucha liturgia, mucho latín, mucho incienso, mucha piedad. No es la imagen de una Iglesia de compromiso en la sociedad y en el mundo, sino de una Iglesia fortaleza que se defiende contra los riesgos del mundo, es una nostalgia de la Iglesia que ya no existe”.

Sin embargo, la piedad del cardenal Ratzinger se quedaba enclaustrada dentro de las paredes del templo tradicional mientras era despiadado contra todo y todos los que desde su punto dogmático podrían hacer resquebrajar  la armonía forzada de su templo espiritual artificialmente construido y ajeno al mundo contemporáneo.

Los sacerdotes latinoamericanos que en los años 1960 -  1980, período de las dictaduras militares y represión, crearon una corriente de pensamiento progresista llamada la Teología de la Liberación, fueron perseguidos sin piedad por el Gran Inquisidor Ratzinger.

Cuando el teólogo brasileño Leonardo Boff declaró que la Iglesia Católica no había comprendido al Jesús histórico, el prefecto Ratzinger le exigió silencio durante un año.  No podía aceptar la idea de la Teología de la liberación de que no hay que esperar el paraíso en la tierra sino habría que construirlo en la tierra.

El 23 de  noviembre de 1984 se hizo pública una “instrucción” sobre aspectos condenables de la Teología de la Liberación, que según el Gran Inquisidor exaltaba básicamente la contaminación marxista en el pensamiento teológico latinoamericano.

Para  el inquisidor Ratzinger,  el paraíso tenía que ser inamovible en el cielo mientras que en la tierra habría que seguir sufriendo para que después de la muerte se halle la paz eterna. Los teólogos que se atrevían a discernir y buscar nuevas fronteras de felicidad han sido perseguidos por el Vaticano y sus libros han sido duramente criticados y no aconsejados para la lectura.

Entre ellos figuraban “La pedagogía del Oprimido” de Paolo Freire, “Teología de la Liberación” de Gustavo Gutiérrez y “para una Ética de liberación Latinoamericana” de Enrique Dussel.

También durante su prefectura se exigió silencio de prominentes figuras de esta corriente del pensamiento como Hélder Cámara, Oscar Arnulfo Romero, Leonidas Proaño, José María Pires, Raúl Silva Enríquez, Ernesto Cardenal y muchos otros Mientras el cardenal Ratzinger y posteriormente el mismo en calidad de Papa no dudaba en utilizar mano dura contra cualquier exponente no solamente de las ideas progresistas sino liberales, pero irónicamente era blando con los corruptos.

Es muy sabido que no dudó en proteger al arzobispo Paul Marcinkus, hombre de confianza del Papa Juan Pablo II envuelto en el escándalo financiero del banco Ambrosiano, cuyo director Roberto Calvi, llamado “Banquero de Dios” era hombre clave de enlace con la mafia italiana y con la logia masónica P-2, fue encontrado colgado bajo un puente lo que fue considerado como un suicidio.

Los escándalos siguen y actualmente un confidente de Benedicto XVI y ex director del Banco de Vaticano, Gotti Tedeschi está en la cárcel acusado de lavado de dinero.

Lo más escandaloso de su gestión como Papa fue que tampoco aplicó  mano dura contra los curas pedófilos que están llevando a la iglesia a la quiebra.

En una carta enviada a los católicos irlandeses el Pontífice, que prometió ante la tumba de Juan Pablo II “limpiar la iglesia de la suciedad” comentó refiriéndose a un caso de pedofilia que allí hubo  “expresión de una  santidad insuficiente más que un producto  de procedimientos defectivos”.
Fue este Papa quien protegió al fundador de la Legión del Cristo, Marcial Maciel acusado de un sistemático abuso sexual de niños y jóvenes. También dio su apoyo al cardenal de Los Angeles, Roger Mahony por ocultar denuncias contra 124 sacerdotes acusados de abusos sexuales a 500 niños y jóvenes. La iglesia tuvo que indemnizar a las víctimas con 660 millones de dólares, es decir 1.200.000  a cada uno.

Actualmente una organización de apoyo llamada la Red de Supervivientes de Personas Abusadas por Sacerdotes (SNAP) presentó una demanda contra el Vaticano  por su  “participación en el encubrimiento generalizado y sistemático de violaciones y crímenes sexuales” contra niños en todo el mundo. Según estudios de la SNAP hay 100.000 víctimas menores de edad sólo en  Estados Unidos y no se sabe cuántos han pasado por vejaciones en el resto del mundo.

Si  los datos son ciertos, referente a Norteamérica, entonces la iglesia Católica estadounidense tendrá que pagar 132 mil millones de dólares en indemnización.

Todos estos escándalos y los nuevos divulgados por el mayordomo del Santo Padre, Paolo Gabriele, bautizados como Vatileaks explican claramente las causas de una masiva fuga de los creyentes católicos que son automáticamente absorbidos por las corrientes  budistas, musulmanes, protestantes, ateístas, evangélicas etc.

En el mismo Estados Unidos las donaciones a la Iglesia Católica disminuyeron en los últimos cinco años de 12 mil millones al año a un seis mil millones. En el país más grande católico en el mundo, Brasil, el porcentaje de creyentes bajó en los últimos cinco años del 73.9 por ciento al 68.4 por ciento y en México, segundo país católico en el mundo sucede prácticamente lo mismo.

Mientras tanto el Papa  en vez de ir a la base del catolicismo – a sus feligreses identificándose con sus problemas, restituyendo la labor pastoral y el trabajo apostólico,  busca el apoyo entre los ricos y poderosos. Nombró como su asesor financiero al Director no Ejecutivo de Goldman Sachs, Peter Sutherland y su asesor geopolítico es uno de los “halcones” del ex presidente George W. Bush, Paul Wolfowitz,  uno de los más ardientes promotores de la guerra preventiva que destruyó a Irak y Afganistán.

Con los asesores de este tipo y con los aliados reaccionarios incondicionales como Opus Dei, Los Legionarios de Cristo, Movimiento Comunión y Liberación  y  alejándose cada vez más de sus feligreses, la Iglesia Católica se está condenando a la desaparición.

Quizás la “mente más lúcida de la Iglesia” lo haya percibido finalmente y decidió retirarse a tiempo porque como decía José Ortega y Gasset,  frecuentemente al atreverse el hombre  “a mirar dentro de sí, se le nubla la vista y padece

Fuente: Columna semanal por Vicky Peláez

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LA IGLESIA CATOLICA O CAMBIA O MUERE


Marxistas y liberales creyeron equivocadamente que el progreso científico, el avance institucional y las transformaciones culturales harían superfluos los fenómenos del nacionalismo y la religión. La cruenta historia del siglo XX nos mostró que esto no fue así. Casi siempre la contribución del fanatismo religioso y de las locuras nacionalistas ha sido desastrosa para el desarrollo histórico. Esta evolución no ha significado, por otra parte, una renovación del pensamiento teológico, una concepción más adecuada y más rica de Dios y de Su obra o creaciones excelsas de arte y música religiosas, sino simplemente una exacerbación de lo más deplorable que está asociado a la religión: el dogmatismo, la ignorancia, el oscurantismo, la intolerancia, el miedo.

No hay duda de que actualmente tiene lugar un cierto renacimiento de prácticas y sentimientos religiosos, sobre todo en el ámbito islámico y en los sectores adictos a cultos protestantes fundamentalistas en los Estados Unidos y pentecostalistas en América Latina. Pero todo aquello ocurre simultáneamente a la poderosa expansión de la cultura globalizada de cuño consumista y materialista, que a menudo se entremezcla con las confesiones religiosas, dando como resultado una amalgama que no es favorable ni a la genuina fe religiosa, ni a la creación de una nueva teología, y ni siquiera a la producción estética.

La Iglesia Católica tiene hoy en día que fijar posiciones, vinculantes para los feligreses, en una serie de niveles cada día más complejos. En el plano moral se hallan, por ejemplo, el aborto, las relaciones sexuales pre- y extramatrimoniales, la asesoría a separados y divorciados, la eutanasia de enfermos terminales, el comportamiento correcto frente al consumismo masivo, la objeción de conciencia frente al servicio militar obligatorio o ante órdenes que emanan de la autoridad constituida, el comportamiento respecto a la corrupción masiva y muchos otros fenómenos similares. En el nivel institucional la Iglesia Católica se enfrenta a desafíos de enorme envergadura: la fuerte declinación de vocaciones religiosas, la escandalosa discriminación del género femenino, el mantenimiento o la abolición del celibato, la autonomía de los obispos frente al centralismo romano, las funciones de las instituciones laicas católicas, la preservación o la mitigación del principio de la infalibilidad papal, la mala administración de las finanzas vaticanas, la poca transparencia en el funcionamiento de la Alta Curia. Frente a estos asuntos, el resultado global de Benedicto XVI ha sido la perplejidad y el inmovilismo pese al notable despliegue de habilidades intelectuales

La elevación del cardenal Joseph Ratzinger al solio pontificio en 2005 no modificó notablemente esta constelación. A pesar de la asistencia del Espíritu Santo, la elección no fue la más feliz. Lo más grave residió precisamente en la celeridad y en la relativa unanimidad de la elección, lo que significó, en realidad, que en el cónclave no se destacaron grandes personalidades renovadoras y que casi todos los cardenales sucumbieron rápidamente a la fría y brillante estrategia política desplegada con tiempo y paciencia por el sector más convencional de la Alta Curia. En su país de origen la alegría por la ascensión de Benedicto XVI fue muy parca. Muchos católicos cultos recordaban su desdichada polémica con el cardenal Lehmann, arzobispo de Maguncia y Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, su controversia con el brillante teólogo suizo Hans Küng ─ quien perdió su cátedra a causa de ello ─ y sus conflictos con las instituciones laicas católicas. La reputación intelectual de Ratzinger fue creada por su participación, mediante propuestas progresistas, durante el Segundo Concilio Vaticano, de lo cual Benedicto XVI no quiso acordarse posteriormente.

Y este es el núcleo del asunto: frente a los problemas éticos e institucionales señalados más arriba, ni el pontífice ni la Alta Curia presentaron ideas o alternativas convincentes. El consolidar posiciones anteriores de la Iglesia ha sido un signo de apego a la ortodoxia, muy honorable, es cierto, pero inútil y hasta contraproductivo en el mundo del presente. En las declaraciones de Benedicto XVI y de la alta jerarquía católica se buscarían en vano caminos innovadores para los dilemas morales de los feligreses o soluciones originales para las cuestiones institucionales de la propia Iglesia Católica. A causa y en favor de su propia supervivencia, la Iglesia debería pensar seriamente en su renovación.

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“El Diablo vive en el Vaticano”, asegura el exorcista oficial de la Iglesia Católica


Pues parece que la Iglesia Católica, a nivel de poder, se tambalea. Existen multitud de coincidencias entorno a este asunto, primero la renuncia del actual papa, Bendicto XVI, después las caídas de meteoritos y bolas de fuego en los días pasados en Rusia y en Italia (además del famoso rayo sobre la cúpula de San Pedro) y por último éstas declaraciones del Padre Gabriele Amorth, que si no fuera porque es el exorcista oficial de la iglesia, pasarían un poco más desapercibidas. Por cierto, la renuncia del papa reaviva una profecía (la de Malaquías de Armagh) en la cuál el última papa, Pedro el Romano (otros llaman al último papa el papa negro), reinaría antes de la destrucción final de la iglesia.

Amorth, ha trabajado como exorcista durante 25 años y asegura que hay indicios de que el anti-Cristo esté ganando la batalla contra la Santa Sede, asegurando que “hay cardenales que no creen en Jesús y obispos que están relacionados con el demonio”.
Un artículo publicado por la revista Veja muestra extractos de un informe presentado por el exorcista oficial de la Iglesia Católica, el padre Gabriele Amorth, quien afirma que el diablo está instalado en la iglesia.

Amorth, ha trabajado como exorcista durante 25 años y asegura que hay indicios de que el anti-Cristo esté ganando la batalla contra la Santa Sede, asegurando que “hay cardenales que no creen en Jesús y obispos que están relacionados con el demonio”.

El sacerdote italiano de 85 años afirma que los casos de pedofilia cometidos por los líderes católicos es obra del diablo. “El diablo vive en el Vaticano, y usted puede ver las consecuencias”.

“Puede ocultarse o hablar en idiomas diferentes, o incluso aparentar ser solidario”, dice Amorth sobre el demonio.

Casi tres años, después de esta entrevista, el Papa Benedicto XVI, renunció al papado posición, que puede revelar una lucha de poder dentro de la Iglesia Católica. La prensa internacional afirma que el cardenal Tarcisio Bertone, dirige un gobierno paralelo que se opone a los planes de Joseph Ratzinger, quien ahora se siente aislado por sus antiguos aliados.

El portavoz de la Iglesia, Federico Lombardi, dijo que el Papa es realista y es consciente de los problemas y dificultades de la Iglesia y que la renuncia “fue un acto de humildad, sabiduría y responsabilidad”.

Benedicto 16 renunciará a su cargo de Papa hasta el 28 de febrero y luego se elegirá su sucesor sólo después de 15 de marzo

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martes, 26 de febrero de 2013

CARDENALES FAVORITOS COMO SUCESORES DE BENEDICTO XVI - SE CUMPLIRA LA PROFESIA ???

LONDRES . - Los nombres de cardenales de varios países de África y Latinoamérica figuran entre los posibles sucesores del papa Benedicto XVI, quien anunció ayer de manera sorpresiva su renuncia a partir del 28 de febrero próximo.
Horas después de conocerse la decisión de Joseph Ratzinger de renunciar como jefe de la Iglesia Católica, argumentando falta de vigor por su edad, comenzaron a surgir los nombres de quienes podrían ser el próximo Papa.
Los grandes favoritos son el cardenal Peter Turkson de Ghana y el cardenal Francis Arinze de Nigeria, que de concretarse se convertirían probablemente en el primer Papa de raza negra.
Turkson, de 64 años de edad, se encarga actualmente de la Oficina de la Paz y la Justicia del Vaticano, es considerado un gran comunicador, y dado que la edad del Benedicto XVI fue el factor clave en su decisión, su relativa juventud podría contar en su favor.
Sin embargo, el Cardenal Arinze de Niegaria puede ser una apuesta más segura para suceder al papa Benedicto XVI, ya que su nombre fue uno de los más mencionados en 2005, cuando fue electo Ratzinger para suceder a Juan Pablo II, fallecido en abril de ese año.
Ambos son suficientemente doctrinales para complacer a los conservadores, e impulsores del desarrollo global, con lo que podrían ganarse a los liberales, aunque hay varios otros cardenales que son potencialmente favoritos para convertirse en el nuevo Papa.
Uno de ellos el Cardenal Odilo Pedro Scherer del Arzobispo de Sao Paulo de Brasil, quien a sus 63 años de edad es considerado por expertos como el candidato más fuerte de América Latina, sin embargo, el avance del protestantismo en su país podría perjudicarle.
Aunque hay otros latinoamericanos que podrían suceder a Benedicto XVI, como el argentino Leonardo Sandri de 69 años, nacido en Buenos Aires, pero de padres italianos, o Joao Braz de Aviz de Brasil, al frente del Departamento de las Congregaciones Religiosas del Vaticano.
Marc Ouellet de Canadá y 68 años, quien actualmente se encarga de dirigir la Congregación para los Obispos también se perfila como favorito, aunque hace tiempo manifestó que ser Papa “sería una pesadilla”, con lo que podría quedar descartado.
Timothy Dolan, de 62 años, quien tras convertirse en Arzobispo de Nueva York, pasó a ser la voz del Catolicismo norteamericano, también es considerado como posible sucesor de la silla de San Pedro, aunque no cuenta con un abrumador respaldo entre los cardenales.
Otros posibles candidatos son Cristoph Schönborn, el Arzobispo de Viena de 67 años, quien fue alumno de Benedicto XVI; el Arzobispo de Milán Angelo Scola de 71 años, y su paisano Gianfranco Ravasi de 70 años, quien ha sido el ministro de Cultura del Vaticano desde 2007.
Entre los candidatos más jóvenes, el favorito sin duda es el filipino Luis Tagle, de 55 años, uno de los hombres de confianza de Benedicto XVI, ya que trabajó con él en la Comisión Internacional Teológica, aunque su desventaja es que fue elegido Cardenal apenas en 2012.
El peso de América Latina, de donde proviene uno de cada dos católicos en el mundo (unos 500 millones sobre 1,200 millones de creyentes) será pues determinante en la elección y debe reforzar las posibilidades de que el nuevo Papa sea oriundo de la tierra de donde son originarios la mayoría de los católicos.
En total 19 provienen de América del Sur, 14 de América del Norte, 11 de África y 11 de Asia, y uno solo de Oceanía.
Al menos tres latinoamericanos, entre ellos, el hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, actual presidente de Caritas Internationalis, la mayor organización caritativa de la Iglesia, figuran en la lista.
Rodríguez Maradiaga es el típico exponente de la nueva jerarquía eclesiástica del continente, capaz de luchar por las desigualdades sociales y al mismo tiempo muy conservador en temas doctrinales.
Brasil, el país con el mayor número de católicos en el mundo, cuenta con “dos papables”: los cardenales Claudio Hummes y João Braz de Aviz, quien goza de enorme prestigio por su personalidad moderada al gobierno de la influyente Congregación para los Religiosos.
En el perfil del próximo pontífice entra una personalidad con mucho peso dentro de la jerarquía vaticana por el alto rango que ocupa: el cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, quien conoce bien América Latina, habla perfectamente español y fue rector en Colombia de un seminario. (AP)

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COMO FUNCIONA EL CONCLAVE PAPAL

El Colegio de Cardenales ha conocido dimensiones diversas, desde los siete miembros con que llegó a contar en el siglo XIII hasta los 183 del presente. En 1587 Sixto V limitó su número a 70 miembros, divididos en tres órdenes: seis Cardenales Obispos, cincuenta Cardenales Presbíteros y catorce Cardenales Diáconos (aunque repartidos nominalmente en estamentos con estos nombres, en la actualidad los cardenales son siempre Obispos). En el siglo XX, sobre todo a partir de Juan XXIII, el Colegio de Cardenales incrementó su número con el fin de dotarlo de la máxima representatividad geográfica y nacional posible. Con todo, en 1970 Pablo VI reservó la condición de elector a los menores de 80 años y fijó su número máximo en 120. Con la creación en 2003 de 31 nuevos cardenales, Juan Pablo II elevó el número de electores teóricos a 135. En octubre de 2010, tras los nombramientos efectuados por Benedicto XVI de cardenales, habría 121 que reúnen la condición de electores por no haber cumplido aún la edad límite.

Candidatos

De acuerdo con la práctica tradicional de la Iglesia, cualquier bautizado varón podría ser elegido Papa. En 1179 el III Concilio de Letrán abolió las restricciones que se habían ido introduciendo desde el siglo VIII en el sentido de limitar la condición de candidato, primero a los clérigos en general, y posteriormente sólo a los cardenales aunque, en la práctica, el último Papa que no era cardenal en el momento de su elección fue Urbano VI (1378). En caso de resultar elegido un presbítero, diácono o laico, y habiendo aceptado su elección, se procedería en el acto a su ordenación como Obispo. Pese a todo, y dado que para ser ordenado obispo se requiere actualmente llevar al menos cinco años como presbítero y haber cumplido los 35 años, cabe pensar que sólo quien cumpliese estas condiciones podría ser objeto de elección como Papa.
No existe ningún requisito referente a la nacionalidad, aunque la tradición de siglos impuso la costumbre de elegir papas italianos. El polaco Juan Pablo II fue el primero no italiano desde Adriano VI, holandés, elegido en 1522. La reciente elección del alemán Benedicto XVI (19 de abril de 2005) parece abolir definitivamente la tradición en favor de los italianos. Vale decir que hasta hoy ningún americano ha sido consagrado papa, aunque en el cónclave de 2005 el argentino Jorge Bergoglio estuvo cerca de hacerlo, obteniendo 40 votos de los 77 que era necesario obtener.
Las mujeres, al no ser elegibles para el estado clerical, tampoco pueden convertirse en papas.

Procedimiento electoral

Los cardenales tienen estrictamente prohibido presentar su candidatura o hacer propaganda de sí mismos. Se permite, por otra parte, el intercambio de opiniones y buscar apoyos para terceros.
Tradicionalmente, la elección del nuevo Papa podía realizarse de tres modos: por “aclamación”, por “compromiso” y por “escrutinio”. En caso de aclamación, los cardenales escogían al candidato de forma unánime “como inspirados por el Espíritu Santo”. El “compromiso” era un expediente para salir de situaciones de bloqueo, en las que de forma reiterada se hacía imposible que un candidato alcanzase los votos suficientes. Se escogía entonces una comisión reducida de cardenales que procediese por sí misma a la elección. El “escrutinio” es la forma habitual, por medio de voto secreto. La última elección por compromiso fue la de Juan XXII en 1316, y por aclamación, la de Gregorio XV en 1621. Las nuevas reglas introducidas por Juan Pablo II en la UDG declaran abolidos los procedimientos de aclamación y compromiso, por lo que la elección deberá ser exclusivamente por escrutinio.
Hasta 1179 bastó con la mayoría simple en la elección. Ese año, el Concilio Laterano III incrementó hasta los dos tercios la mayoría requerida. A los cardenales no se les permitía votarse a sí mismos. Se estableció un sofisticado procedimiento para asegurar el secreto del voto, al tiempo que se impidiera que los cardenales se votasen a ellos mismos. Pío XII (1945) eliminó este sistema, pero incrementó la mayoría a dos tercios más uno de los votos. En 1996 Juan Pablo II restauró la mayoría de dos tercios, pero no la prohibición del auto-voto. La constitución UDG establece también que pasadas 34 o 33 votaciones fallidas (según se haya realizado la primera votación el día de la inauguración del cónclave o el siguiente), los electores podrán decidir, por mayoría absoluta, si cambian las normas electorales, pero siempre conservando como requisito el de exigirse al menos la mayoría absoluta en la elección.
En una decisión poco destacada en el 2007, Benedicto XVI cambió las reglas del cónclave de 1996 emitidas por Juan Pablo II para imponer nuevamente la mayoría tradicional de dos tercios necesaria para elegir a un Papa, medida tomada para evitar un pontificado en disputa.

De la Vacante Apostólica a la Inauguración de Pontificado

La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis –nombre que recibe el documento de sus primeras palabras en la versión latina: “(Pastor de) Todo el Rebaño del Señor”–, aprobada por Juan Pablo II en 1996, regula todos los aspectos de la elección de un nuevo Pontífice. Aunque revoca las normas anteriormente vigentes sobre el mismo tema, la mayor parte de sus disposiciones no hacen sino confirmar muchas de las prácticas ya establecidas, algunas con cientos de años de antigüedad.

La Sede Vacante

Dos son las circunstancias que pueden dar lugar al final de un Pontificado (o “Vacante Apostólica”), iniciándose con ello el periodo de “Sede Vacante” y la necesidad de convocar el cónclave: el fallecimiento del Papa o su abdicación. Una tercera opción, la deposición del Papa, queda totalmente excluida, ya que ninguna autoridad está por encima de la suya ni siquiera a su mismo nivel.
La abdicación de un Papa es un acontecimiento muy poco frecuente en la historia, pero sí previsto en el derecho del la Iglesia. Se requiere que sea libre y se manifieste de modo formal aunque, como máximo legislador, es el propio Papa quien determina de qué forma ha de hacerlo. No es preciso que su dimisión sea aceptada por nadie. Cinco han sido los Papas que a lo largo de la historia han declarado su renuncia al ministerio de Pedro: Benedicto IX (1045), Gregorio VI (1046), Celestino V (1294), Gregorio XII (1415) y Benedicto XVI (2013). A Celestino V lo condenó Dante Alighieri al infierno en su Divina Comedia por cobarde. En cambio, el Papa Clemente V canonizó a Celestino en 1313, viviendo aún el poeta.
El concepto de “Sede Romana Impedida”, previsto en el Código de Derecho Canónico, se refiere a los casos en los que, “por cautiverio, relegación, destierro o incapacidad” el Papa se encontrara totalmente imposibilitado para ejercer sus funciones. Según el Código se ha de atender a lo estipulado en “las leyes especiales dadas para estos casos”, pero no se ha hecho pública ninguna norma para una situación semejante. De cualquier modo, parece que no originaría un periodo de Sede Vacante ni la convocatoria del cónclave.
Habiéndose producido la Sede Vacante, el Colegio de Cardenales asume el gobierno de la Iglesia, pero de modo muy matizado. En efecto, sólo puede tomar decisiones en los asuntos ordinarios e inaplazables, así como en lo referente a la preparación de las exequias del Pontífice fallecido y la elección del nuevo. En ningún caso pueden innovar, particularmente en lo que se refiere a los procedimientos electorales, ni tampoco ejercer ninguna clase de “suplencia” del Papa. Sus disposiciones sólo seguirán siendo válidas en el siguiente pontificado si el nuevo Papa las confirma expresamente.
Por lo que se refiere a los bienes materiales de la Santa Sede, su administración en este periodo corresponde al Cardenal Camarlengo ayudado por tres Cardenales Asistentes. En la actualidad, el Cardenal Camarlengo es Tarcisio Bertone, S.D.B. que también desempeña el cargo de Secretario de Estado Vaticano, tras sustituir en 2007 al español Eduardo Martínez Somalo que ejerció el cargo desde el 5 de abril de 1993 hasta el 4 de abril de 2007. Le correspondió ejercer las especiales funciones de Camarlengo durante la sede vacante tras la muerte de Juan Pablo II.

Muerte del Pap

 
El Cardenal Camarlengo proclama la muerte del Papa.
Una vez conocida la muerte del Papa, el Cardenal Camarlengo es el encargado de verificarla. Tradicionalmente realizaba esta tarea golpeando con suavidad la cabeza del Papa con un pequeño martillo de plata y pronunciando su nombre de pila –no el papal– tres veces. También se colocaba una vela cerca de la nariz del Pontífice y si la llama no se movía, el Cardenal Camarlengo constataba la muerte del Obispo de Roma. En la nueva ordenación establecida por la UDG el Camarlengo es introducido en los aposentos papales junto con el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, los Prelados Clérigos, el Secretario y Canciller de la Cámara Apostólica. Una vez en la habitación del Papa, el Camarlengo se arrodilla en un cojín violeta, reza unas oraciones por el alma del difunto y, tras acercarse al lecho, descubre el rostro del Pontífice y constata públicamente su muerte declarando: “El Papa realmente ha muerto”. Igualmente, la UDG no prohíbe continuar con las tradiciones mencionadas. El Secretario del la Cámara Apostólica debe extender entonces acta de la defunción. Lógicamente, ello requiere también la presencia de personal médico.
Inmediatamente después de constatada oficialmente la muerte del Papa, el Secretario de Estado entrega al Camarlengo la matriz del sello de plomo y el Anillo del Pescador –con los cuales son autentificadas las Cartas Apostólicas– para ser destruidos en presencia del Colegio de Cardenales, para evitar que se falsifiquen documentos papales. El Camarlengo es responsable también de sellar el estudio y el dormitorio del Papa. El personal que lo atendía puede seguir habitando en el apartamento papal sólo hasta el momento de su sepultura, momento a partir del cual deberá ser evacuado y sellado en su totalidad hasta que tome posesión de él el nuevo Pontífice.
Corresponde igualmente al Camarlengo comunicar la noticia del fallecimiento del Papa al Cardenal Vicario para la Urbe –para que lo notifique al pueblo de Roma–, así como al Cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana. El mismo Camarlengo o el Prefecto de la Casa Pontificia deben también anunciar la noticia al Decano del Colegio Cardenalicio. Éste es el responsable de hacer llegar la noticia a todos los cardenales del mundo, convocándolos a Roma. También es tarea suya notificarlo al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Hasta su elección como Papa en el Cónclave de 2005 era Decano del Colegio Cardenalicio el alemán Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI.
Desde Pío IX, los tañidos fúnebres de la campana grande de San Pedro se han encargado de hacer pública la noticia del fallecimiento de los Papas. Al tañer las campanas de la Basílica de San Pedro, las campanas de las iglesias de Roma les hacen eco en señal de duelo por la muerte de su Obispo.
Si el fallecimiento (o abdicación) del Papa se produce mientras se está celebrando un Sínodo de Obispos o incluso un Concilio Ecuménico, éstos quedan automáticamente suspendidos y no pueden continuar por ninguna razón, aunque sea gravísima, y mucho menos proceder por sí mismos a la elección de nuevo Papa. Es siempre necesario convocar al Colegio de Cardenales.

Las Congregaciones de Cardenales

Durante la Sede Vacante, los Cardenales desarrollan sus funciones mediante dos tipos de comisiones, llamadas “Congregaciones”: la Particular y la General.
Integran la Congregación Particular el Cardenal Camarlengo y otros tres cardenales “asistentes” (uno por el orden de los Obispos, otro por el de los Presbíteros y otro por el de los Diáconos) elegidos por sorteo entre los electores (es decir, los que no han cumplido los 80 años) llegados ya a Roma. Cada tres días se procede a un nuevo sorteo para renovar a los cardenales asistentes. La Congregación Particular se ocupa de los asuntos ordinarios de menor entidad que se vayan presentando durante la Sede Vacante. Lo que una Congregación Particular haya decidido, resuelto o denegado no lo pueden revocar las que se constituyan los días siguientes. La Congregación Particular cesa en sus funciones en el mismo momento en que se elige un nuevo Papa.
La Congregación General está compuesta por la totalidad del Colegio Cardenalicio y está en funciones hasta el momento de iniciarse el Cónclave. Los Cardenales Electores tienen obligación de incorporarse a la Congregación General tan pronto como les sea posible, una vez conocido el fallecimiento del Papa. En cambio, a los no electores se les permite abstenerse de participar si así lo desean.
La Congregación General se ocupa de los asuntos más importantes que se vayan presentando y tiene también competencia para revocar las disposiciones de una Congregación Particular. Sus encuentros se celebran a diario y los preside el Cardenal Decano. Una vez iniciado el Cónclave, es también el Decano quien preside la asamblea hasta que salga elegido un nuevo Papa. Las decisiones se toman por mayoría, siempre mediante voto secreto.
Las principales obligaciones de la Congregación General se refieren a la organización de las exequias del difunto Papa, determinar la fecha de inicio del Cónclave (entre 15 y 20 días desde que comenzó la Sede Vacante), velar por la destrucción del Anillo del Pescador y el sello de plomo, designar a dos eclesiásticos de probada doctrina (normalmente frailes o monjes) para que les dirijan sendas meditaciones sobre los problemas de la Iglesia en el momento actual y aprobar los gastos necesarios desde la muerte del Pontífice hasta la elección del sucesor.

Exequias del Papa

Corresponde a la Congregación de Cardenales preparar todo lo necesario para las exequias del difunto Papa y fijar el día de inicio de las mismas. En cambio, lo que se refiere a su sepultura es competencia del Cardenal Camarlengo –tras recabar la opinión de los responsables de los tres órdenes del Colegio Cardenalicio- salvo que el mismo Pontífice hubiera dispuesto algo en vida. Los últimos papas se han enterrado habitualmente en la Cripta de la Basílica de San Pedro (o Grutas Vaticanas), próximos a la tumba del Apóstol, pero no es obligatorio. Puede realizarse en una catedral, una iglesia parroquial, un santuario, etc. A la muerte de Juan Pablo II, por ejemplo, se especuló con la posibilidad de que hubiera dispuesto ser enterrado en la Catedral de Cracovia, sede de la que había sido obispo.

Funeral de Juan Pablo II (Foto: Ricardo Stuckert/PR/ABr).
Los Cardenales deben decidir, en primer lugar, el día y hora del traslado del cadáver a la Basílica Vaticana para ser expuesto a la veneración de los fieles. Antes de ese momento, y una vez preparado el cuerpo del Papa, debe ser llevado a la Capilla Clementina, en el Palacio Apostólico, para la veneración privada de la Casa Pontificia y de los Cardenales. Tras el fallecimiento de Juan Pablo II (2005) se calcula que entre dos y tres millones de personas desfilaron ante su cuerpo –expuesto frente al Baldaquino de la Confesión, en la Basílica de San Pedro– para rendirle su último homenaje.
Las exequias del Papa duran nueve días consecutivos –denominados con la expresión latina de “novemdiales”– a partir del día de la Misa exequial, que preside el Cardenal Decano. Previamente a ésta se colocan los restos mortales en el féretro. A su término, se procede a su traslado al sepulcro y al entierro.
Además de las innumerables Misas ofrecidas en todo el mundo por el Pontífice fallecido, las exequias oficiales contemplan nueve celebraciones eucarísticas en Roma, a cargo de diversas comunidades que representan la universalidad de la Iglesia. El orden de las celebraciones durante los “novemdiales” es así: el primer, quinto y noveno días se realizan en la Capilla Papal; el segundo día se destina a los fieles de la Ciudad del vaticano; el tercero a la Iglesia de Roma; el cuarto a los Capítulos de las Basílicas Patriarcales; el sexto a la Curia Romana; el séptimo a las Iglesias Orientales (o católicos de rito oriental); el octavo a los miembros de Institutos de Vida Consagrada.

Inicio del Cónclave

Las normas de la UDG sobre la celebración del Cónclave amplían por primera vez el ámbito en que transcurrirá la vida de los Cardenales mientras dure la elección del nuevo Papa. El proceso electoral mismo se mantiene, como es tradición, dentro de los límites de la Capilla Sixtina, pero se incorporan tanto la Casa de Santa Marta, residencia vaticana de reciente creación, como las capillas para las celebraciones litúrgicas, las áreas por donde deban desplazarse los cardenales para ir de un punto a otro, e incluso los mismos jardines vaticanos, donde pueden pasear y descansar. Sin embargo, se mantiene en pie la prohibición de todo contacto con el mundo exterior (televisión, prensa, radio, teléfono, correspondencia, Internet…), y nadie no autorizado puede acercarse a los cardenales o hablar con ellos mientras dura el Cónclave. En el de 2005 se procedió, incluso, a efectuar un barrido electrónico para detectar cualquier posible mecanismo transmisor o receptor camuflado en el ámbito de la clausura, y se colocó un aparato que restringía las señales de radio dentro de la Capilla Sixtina y lugares las áreas próximas a ella.
La Universi Dominici Gregis aclara los motivos de esta reclusión cardenalicia: salvaguardar a los electores de la indiscreción ajena y de los intentos de afectar a su independencia de juicio y libertad de decisión, así como garantizar el recogimiento que exige un acto tan vital para la Iglesia entera.
El día señalado por la Congregación General de Cardenales (entre 15 y 20 tras el fallecimiento del Pontífice), tiene lugar por la mañana una solemne misa votiva “Pro eligendo pontificem” (para la elección del Pontífice), normalmente presidida por el Cardenal Decano, en la que se pide a Dios que ilumine las mentes de los electores.
Ya por la tarde, los cardenales, reunidos en la Capilla Paulina, se encaminan en procesión solemne a la Capilla Sixtina –debido a unas obras en curso, el Cónclave de 2005 partió de la Capilla de las Bendiciones– cantando las letanías de los Santos de Oriente y Occidente. Una vez llegados a la Capilla Sixtina, los electores entonan a coro el “Veni Creator”, oración con la que se invoca al Espíritu Santo, y proceden a prestar juramento solemne de guardar las normas que rigen el Cónclave, cumplir fielmente el ministerio petrino en caso de ser elegidos, y mantener el secreto de todo cuanto se refiera a la elección del nuevo Pontífice.
Una vez prestado el juramento, leído conjuntamente y ratificado de forma individual ante los Evangelios, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias da la solemne orden de “Extra omnes!” (¡Fuera todos!), indicando que todos aquellos ajenos al Cónclave deben salir del recinto. Sólo permanecen él mismo y el eclesiástico encargado de predicar a los Cardenales la segunda de las meditaciones sobre los problemas de la Iglesia contemporánea. Terminada ésta, tanto el predicador como el Maestro de las Celebraciones deben salir también. Las puertas quedarán cerradas y con Guardias Suizos protegiéndolas.
A partir de ese momento se puede proceder a la primera votación (única del día) o aplazarla hasta el día siguiente.

Desarrollo de las votaciones

El proceso de votación en el cónclave se divide en tres partes: pre-escrutinio, escrutinio propiamente dicho y post-escrutinio.
Comienza la fase de pre-escrutinio cuando, antes de cada sesión de votaciones (diariamente hay dos sesiones, una por la mañana y otra por la tarde, con dos votaciones en cada una, salvo resultado positivo en la primera), el último Cardenal Diácono extrae por sorteo público los nombres de tres Escrutadores, tres Enfermeros y tres Revisores. Se distribuyen entonces a los Electores dos papeletas de forma rectangular, que llevan impresa la frase: “Eligo in Summum Pontificem” (“Elijo como Sumo Pontífice”), y debajo un espacio en blanco para el nombre del elegido. Los Cardenales deben escribirlo con letra clara, pero lo más anónima posible. Si se escribe más de un nombre el voto es declarado nulo.
Hasta el siglo XX ciertos monarcas católicos (España, Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico, sustituido este último por el Imperio austrohúngaro) ostentaban cierto derecho de exclusión en las elecciones papales, pudiendo vetar la elección de un cardenal al considerarlo persona non grata, esta práctica fue prohibida definitivamente bajo pena de excomunión por el Papa Pío X tras haberse dado en su elección papal el último ejemplo de la misma con el veto al cardenal Rampolla por parte de Francisco José I de Austria-Hungría.
La fase de escrutinio propio se inicia cuando cada Cardenal, por orden de precedencia, habiendo doblado dos veces su papeleta de voto, la lleva en alto hasta el altar, delante del cual están los Escrutadores y sobre el que se ha colocado una urna cubierta con un plato para recoger los votos. Una vez allí, el Cardenal votante pronuncia en voz alta el juramento: “Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido”. Deposita entonces la papeleta en el plato y con éste la introduce en la urna. Se inclina luego ante el altar y regresa a su sitio. Si un Cardenal –enfermo o anciano– no puede acercarse hasta el altar, un Escrutador se acerca a él, recoge su juramento y su voto y se encarga de depositar la papeleta en la urna. Si su enfermedad le obliga a permanecer en la Casa de Santa Marta, son entonces los Enfermeros los que acuden a recoger su voto siguiendo un procedimiento similar al descrito.
El post-escrutinio lo llevan a cabo los tres Cardenales Escrutadores, elegidos al azar, contabilizando delante de todos los Electores los votos recogidos. Si el número de votos es distinto del de votantes, se queman las papeletas y se repite la votación. Los nombres de los votantes se van anotando en una relación, mientras que los votos contabilizados se van cosiendo con aguja e hilo para mantenerlos unidos. A continuación, los tres Revisores supervisan las notas de los Escrutadores y revisan los votos, para asegurarse de que aquéllos han cumplido correctamente su cometido.
Si ninguno de los candidatos obtiene la mayoría de dos tercios, concluida cada sesión (dos votaciones) se queman en una estufa las papeletas de los votos junto con las notas de los Escrutadores. Se agregan sustancias químicas al fuego para que el humo sea negro e indique una elección sin éxito.
La UDG establece que todo resultado debe ser registrado en un acta, que se archiva en el Vaticano y no puede abrirla nadie, hasta pasados 50 años desde que se elaboró el acta.
El cónclave dura todo el tiempo que sea necesario. Sin embargo, hay establecidos periodos de descanso y coloquio si no se alcanza acuerdo (día 5º, tarde del 7º, tarde del 9º), con una exhortación del Cardenal Decano.
En ningún caso se contempla la abstención de los Electores.

Elección y aceptación

Conseguida la mayoría necesaria en cualquier votación, el candidato elegido debe expresar de inmediato su aceptación o no del ministerio. El último de los Cardenales Diáconos convoca a la Capilla Sixtina al Secretario del Colegio de Cardenales y al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Presentes éstos, el Cardenal Decano o el que le siga en orden y antigüedad pide el consentimiento al elegido con la siguiente pregunta: “Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?” (“¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?”)
Si el candidato electo da el consentimiento, se le pregunta entonces:“Quo nomine vis vocari?” (“¿Con qué nombre deseas ser conocido?”)
El ya Papa indica el nombre que ha escogido con estas palabras: “Vocabor N.” (“Me llamaré N.”) por ejemplo: "Vocabor Pius XIII." ("Me llamaré Pío XIII"), u otras similares. Entonces el Maestro de las Celebraciones, en funciones de notario, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y de su nombre.
En el caso de que el elegido no sea uno de los Cardenales presentes o, incluso, que no resida en la ciudad de Roma, se avisa al Sustituto de la Secretaría de Estado, quien se encargará de que el escogido como nuevo Papa llegue al Vaticano lo antes posible, evitando absolutamente que se enteren los medios de comunicación. Una vez llegado al cónclave, el Cardenal Decano convocará al resto de los electores a la Capilla Sixtina para proceder al mismo ritual de aceptación. Si el elegido acepta y no es obispo, el Cardenal Decano le ordenará de inmediato como tal.
A partir del momento de la aceptación –y ordenación en su caso– el elegido pasa a ser Obispo de Roma, Papa y Cabeza del Colegio Episcopal. En ese mismo momento adquiere la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal. Los Cardenales se acercarán entonces a él por turno para expresarle su respeto y obediencia. También podrán acercarse a él el Sustituto de la Secretaría de Estado, el Secretario de las Relaciones con los Estados (una especie de Ministro de Asuntos Exteriores vaticano), el Prefecto de la Casa Pontificia y cualquier otro que deba tratar con el nuevo Pontífice asuntos necesarios en ese momento.

La "fumata"

Una de las tradiciones más pintorescas y conocidas a nivel mundial en relación con el cónclave es la de la “fumata”, un sistema secular de comunicar al pueblo la marcha de un proceso electoral que transcurre bajo estricto enclaustramiento.
Tras cada sesión de escrutinio (dos votaciones) las papeletas de voto y las notas de los Escrutadores se queman en una estufa preparada al efecto. El humo sale entonces por una chimenea sobre el tejado de la Capilla Sixtina. Cuando el resultado de las votaciones ha sido negativo, los papeles se queman junto con paja húmeda, lo que produce un humo negro. Si de la elección ha salido elegido un candidato, y éste ha aceptado la responsabilidad, los papeles se queman usando paja seca, lo que da lugar a un humo de color blanco. Es la señal que anuncia al mundo la elección de un nuevo Papa.
En los tres últimos cónclaves (dos en 1978 y otro en 2005), sin embargo, y para desesperación de los periodistas, el sistema no parece haber funcionado correctamente y el humo que debía ser blanco se ha visto gris. En la última de estas ocasiones se incorporó una estufa auxiliar con el propósito de quemar productos químicos que tiñeran claramente el humo de uno u otro color, aunque tampoco tuvo demasiado éxito.

La primera bendición

Tras haber aceptado su elección, el ya nuevo Papa es conducido por el Camarlengo y el Maestro de las Celebraciones Pontificias a la sacristía de la Capilla Sixtina, llamada comúnmente “Sala de las lágrimas”, ya que parece que todos los elegidos, sin excepción, lloran allí en relativa intimidad ante la magnitud de la responsabilidad que acaban de asumir. En la sala se encuentran tres maniquíes con sotanas blancas de diversos tamaños: grande, mediana y pequeña, que la sastrería romana Gammarelli se encarga de confeccionar desde el siglo XVIII. De ser necesario, un equipo de religiosas hacen los arreglos pertinentes. Se dice que a Pío XII las tres le quedaban largas, mientras que a Juan XXIII le resultaban estrechas. También hay a mano un barbero por si el Papa necesita un afeitado antes de presentarse ante el pueblo –puede ser elegido por la tarde-.
Tras la manifestación del respeto de los Cardenales, se canta un “Te Deum” (oración de solemne acción de gracias a Dios),
Inmediatamente, el Cardenal Protodiácono (el primero de ese orden entre los Cardenales), se dirige al balcón principal de la Basílica de San Pedro, donde se han instalado rápidamente cortinajes y colgaduras de fiesta. Allí hará público el anuncio de la elección con las frases rituales.
Pocos instantes después el nuevo Papa, precedido por la cruz procesional y por los primeros de los Cardenales entre los órdenes de los Obispos, Presbíteros y Diáconos, sale al balcón y desde allí saluda al pueblo con las primeras palabras de su pontificado. A continuación imparte la bendición apostólica “Urbi et Orbi” (“para la ciudad y para el mundo”), que en adelante sólo dará de ordinario en Navidad y Pascua.

La Misa de Inauguración del Pontificado

Aunque desde el mismo momento de su aceptación -y consagración episcopal, de ser precisa- el elegido es ya verdadero Papa, el Pontificado se inaugura de modo oficial con una misa solemne que se celebra a los pocos días de concluido el cónclave, normalmente en la explanada de la Basílica de San Pedro. En esa celebración, el nuevo Papa es investido de sus nuevos símbolos: su Palio, y su anillo del Pescador.
La Tiara Pontificia, o Triregno, la triple corona papal no se usa desde el Papa Pablo VI, que no quiso utilizarla porque rechazaba los poderes terrenales que simboliza. Hoy, cada Papa decide si se corona o no.
También en fecha inmediata deberá el nuevo Pontífice tomar posesión de la Archibasílica Patriarcal Lateranense (San Juan de Letrán), que es la catedral de Roma y se considera cabeza y madre de todas las demás iglesias del mundo.

El escudo de armas

Es tradición que cada Papa tenga su escudo de armas. Cada escudo de armas es personal y lo diseña cada Pontífice a su gusto. Sin embargo, siempre aparecen las Llaves del Cielo entregadas a San Pedro y la Tiara Papal (aunque Benedicto XVI ha colocado una mitra con tres bandas en lugar de la tiara en el suyo). El escudo de armas es mostrado al mundo por el periódico Vaticano L'Ossevatore Romano, que lo publica. También debe dibujarse para ser archivado en la Biblioteca Vaticana. De ahí en más, el Papa sellará sus cartas apostólicas, encíclicas y escritos con la matriz de su escudo y también éste será bordado en sus sotanas y grabado en los anillos de los Cardenales

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HISTORIA DEL CONCLAVE PAPAL.



El término cónclave procede del latín “cum clavis" ("bajo llave"), por las condiciones de reclusión y máximo aislamiento del mundo exterior en que debe desarrollarse la elección, con el fin de evitar intromisiones de cualquier tipo. Este sistema de encerrar a los electores del Papa, vigente al menos desde el II Concilio de Lyon (1274), fue mitigado por Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (UDG), sobre la Vacante Apostólica y la elección del nuevo Pontífice (22 de febrero de 1996). Se establece en ella que los electores pueden residir, mientras dura el cónclave, en la recién construida Casa de Santa Marta, una residencia al efecto en el propio Vaticano, pero manteniendo la rigurosa prohibición de cualquier clase de contacto con el mundo exterior.
Desde hace siglos, los cónclaves tienen lugar en la Capilla Sixtina, dentro del complejo del Vaticano.
A los primeros obispos los designaban los apóstoles o fundadores de sus iglesias. Posteriormente, se fue introduciendo el sistema de elección por los miembros de las comunidades, clérigos y laicos, así como por los obispos de las diócesis próximas. En Roma, la elección corría principalmente a cargo de los clérigos que, bajo la supervisión de los obispos, escogían un candidato por consenso o por aclamación, presentándolo después ante el pueblo para que éste lo confirmara. Los frecuentes tumultos que este sistema provocaba fueron causa de que en ocasiones se eligiera a uno o más candidatos rivales, llamados antipapas.

El año 769 el Sínodo Laterano abolió el teórico derecho de elección papal que había tenido el pueblo de Roma. El Sínodo de Roma (862) se lo devolvió, pero limitado a la nobleza de la ciudad. El cambio más trascendente lo introdujo en 1059 el Papa Nicolás II, quien decretó que serían los cardenales quienes eligiesen un candidato, que sólo podría tomar plena posesión tras haber recibido la aprobación de los clérigos y del pueblo. Finalmente, un nuevo Sínodo Laterano, en 1139, eliminó el requisito de la aprobación del bajo clero y de los laicos. La elección papal era ya, como hoy, competencia exclusiva de los cardenales, sólo cuestionada durante el Cisma de Occidente (13781418).

Junto al propósito de evitar influencias foráneas de los poderes civiles, el enclaustramiento de los electores tuvo su origen en las prolongadas situaciones de bloqueo que a veces se daban en las elecciones papales. Las autoridades recurrieron en ocasiones a la reclusión forzada de los cardenales electores, por ejemplo, en 1216 en Perugia, y en 1241 en Roma. Es célebre también el caso de la ciudad de Viterbo donde, tras la muerte del papa Clemente IV (1268) hubo que encerrar a los cardenales en el palacio episcopal. Después de casi tres años de Sede Vacante sin que se llegase a ningún acuerdo sobre el nuevo Pontífice, los desesperados habitantes decidieron no suministrar alimento alguno a los electores, excepto pan y agua. Los cardenales debieron captar la indirecta, porque se apresuraron a elegir a Gregorio X.

Este mismo Papa, quizá por la experiencia vivida en su elección, aprobó normas que –mediante la presión de las incomodidades materiales- buscaban reducir al mínimo las demoras en el cónclave. A partir de entonces los cardenales debían quedar siempre recluidos en un recinto cerrado; no se les permitían las habitaciones individuales, ni disponer de más de un sirviente que les atendiera, salvo caso de enfermedad; la comida se les debía suministrar por un ventanuco y, a partir del tercer día de cónclave, el suministro quedaba reducido a una sola comida al día. A los cinco días el régimen se reducía a pan y agua. Además, mientras durase el cónclave los cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas. Adriano V abolió estas normas en 1276, pero Celestino V las reintrodujo en 1294, después de que su propia elección se produjese tras un periodo de sede vacante de dos años.
Gregorio XV publicó dos bulas pontificias (1621 y 1622) que regulaban todos los aspectos de la celebración del cónclave. En 1904 San Pío X recogió y unificó casi todas las dispersas normas de los papas anteriores a él en una Constitución, introduciendo ciertos cambios. Pío XII añadió nuevas aportaciones en 1945, Juan XXIII lo hizo en 1962 y Pablo VI en 1975. La reciente Universi Dominici Gregis de Juan Pablo II (1996) es la última reordenación en profundidad de la normativa sobre el cónclave.

El lugar de celebración del cónclave no se estipuló oficialmente hasta el siglo XIV. A partir del Cisma de Occidente los cónclaves siempre han tenido lugar en Roma, salvo el de 1800, cuando la ocupación de la ciudad por tropas del Reino de Nápoles obligó a celebrarlo en Venecia. El último cónclave celebrado fuera de la Capilla Sixtina fue el de 1846, que tuvo lugar en el Palacio del Quirinal.

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